Por qué los tiburones prosperan en algunos parques marinos de Latinoamérica y desaparecen en otros


En las islas Darwin y Wolf, en Galápagos, científicos registraron grandes concentraciones de tiburones que, literalmente, bloqueaban la luz del sol bajo el agua. Y esta cantidad contrasta con otras áreas del mismo océano.
Las grandes concentraciones de tiburones refleja un ecosistema saludable y contrasta con regiones más cercanas a la costa, donde la presencia de estos grandes depredadores es cada vez más escasa, incluso dentro de zonas teóricamente protegidas.
Un estudio reciente publicado en la revista PLOS One analizó esta diferencia y detectó una brecha alarmante entre áreas marinas protegidas bien gestionadas y otras donde la presión humana sigue siendo alta.
Los resultados no solo muestran dónde sobreviven los tiburones, sino que también dejan en evidencia un problema mayor: no todas las reservas marinas funcionan de la misma manera, y muchas no están cumpliendo su objetivo.
La investigación abarcó siete áreas marinas protegidas distribuidas entre Ecuador, Costa Rica, Colombia y México. Para estudiar la presencia de tiburones, los científicos utilizaron cámaras submarinas con cebo, capaces de registrar la actividad de los depredadores sin interferir en su comportamiento.
Los resultados fueron contundentes. En zonas remotas, donde la pesca está prohibida o fuertemente controlada, la abundancia de tiburones fue constante y elevada. En cambio, en áreas cercanas a la costa, la diferencia fue notable.
En algunos casos, los investigadores apenas registraron unos pocos ejemplares tras decenas de observaciones. Esta ausencia sugiere que la protección en esas zonas es insuficiente o no se está aplicando de forma efectiva.
Los tiburones cumplen una función esencial en los ecosistemas marinos. Actúan como reguladores naturales al alimentarse de individuos débiles o enfermos, lo que ayuda a mantener el equilibrio entre las distintas especies.
Cuando estos depredadores desaparecen, el sistema pierde estabilidad. Algunas poblaciones crecen sin control, mientras que otras se reducen, generando desequilibrios que afectan a todo el entorno marino.
Por eso, la presencia de tiburones es considerada un indicador directo de la salud de un ecosistema. Donde abundan, el océano suele estar en buen estado. Donde faltan, algo no está funcionando.
El estudio identifica un factor determinante detrás de esta desigualdad: la pesca. En las áreas donde esta actividad está prohibida o estrictamente regulada, los tiburones logran recuperarse y sostener poblaciones estables.
En cambio, en zonas donde la pesca está permitida o mal controlada, los depredadores disminuyen drásticamente. A esto se suman otros impactos humanos, como la contaminación y la destrucción de hábitats.
Incluso en algunas reservas, la pesca ilegal sigue siendo un problema. Esto demuestra que no alcanza con declarar un área protegida: es fundamental que las normas se cumplan de manera efectiva. El hallazgo cobra relevancia en un contexto internacional donde se busca proteger el 30% de los océanos para 2030.
Sin embargo, los expertos advierten que ampliar la superficie protegida no será suficiente si no se mejora la calidad de la protección. Actualmente, solo una pequeña parte del océano está realmente libre de pesca. Esto limita la recuperación de especies clave y reduce el impacto positivo de las áreas protegidas.
Los científicos insisten en que las reservas más estrictas no solo benefician a la biodiversidad, sino también a las economías locales. El llamado “efecto derrame” permite que las poblaciones de peces crezcan y se expandan hacia zonas donde sí se permite la pesca.
Fuente: www.clarin.com



