Dura crítica de la Iglesia al Presidente: “Vivimos una época con una creciente tendencia al autoritarismo”


En una declaración de repudio a la última dictadura militar en vísperas de cumplirse 50 años del golpe, la Iglesia católica subraya la necesidad de un constante empeño en una “democracia justa” y, en ese marco, formula severas advertencias ante una época de “una creciente tendencia al autoritarismo” y en la que “va predominando una ideología de la supervivencia del más fuerte sobre el más débil”, en lo que se interpretó como una implícita crítica a la exaltación del mercado como único regulador de la economía que hace el gobierno.

Y al exhortar al “diálogo para abordar los conflictos y los desacuerdos, sin caer en polarizaciones estériles”, cuestiona -aunque sin nombrarlos- el tono del discurso del presidente Javier Milei en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso y de las críticas de legisladores de la oposición, al rogar que “¡del insulto de cada día al que piensa distinto, líbranos, Señor!” y considerar que “se torna peligroso acentuar la culpa ajena para proclamar la propia inocencia y justificar una agresión indeterminada”.

“No podemos naturalizar la violencia en las redes sociales, en nuestros barrios, en el Congreso de la Nación”, dicen los obispos en la declaración de poco más de una carilla titulada “‘Nunca más’ a la violencia de la dictadura y ‘siempre más’ a una democracia justa, en la que ante ese clima de crepitación completan sus señalamientos con otra inquietante advertencia: “Debemos renunciar a todo tipo de violencia, sabiendo que su espiral comienza con el discurso y escala hacia la acción”, sostienen.

En la declaración comienzan diciendo que “en estos días se cumplirán los cincuenta años de aquel 24 de marzo de 1976 que marcó, en un ambiente general de violencia, el inicio de esa oscura noche en nuestra historia: la tragedia del terrorismo de Estado que se prolongó por siete largos años hasta el 10 de diciembre de 1983, cuando finalmente recuperamos la democracia”.

“Hoy decimos de manera rotunda: ‘nunca más’ a la violencia de la dictadura y ‘siempre más’ a una democracia justa. Reconocemos la gravedad de lo acontecido en esos años violentos y comprendemos que la memoria exige una autocrítica, de la sociedad y la Iglesia presente en ella, que ayude a redescubrir y reconstruir el sentido de la fraternidad entre los argentinos”, señalan.

Mencionan luego al papa Francisco que en su encíclica Fratelli Tutti alerta sobre el riesgo de olvidar la historia de cada país y “caer en la tentación de dar vuelta la página diciendo que ya hace tiempo que sucedió y que hay que mirar hacia adelante. ¡No, por Dios! Nunca se avanza sin memoria, no se evoluciona sin una memoria íntegra y luminosa”.

“¿Qué es lo que no podemos olvidar? El dolor de los familiares que enfrentan la muerte violenta de un hijo o pariente, sabiendo que ese dolor se multiplica si se trata de un ‘desaparecido’, al no poder tocar su cuerpo, ni llorar ante él”, afirman.

A continuación subrayan que “la libertad para una Nación nunca se construye por la vía de la violencia y la violación de los derechos humanos de otros hermanos y hermanas. La memoria del terrorismo de Estado ha de conducirnos hacia una vida democrática más justa”.

Luego vuelven a citar al papa Francisco que “Construir la amistad social no solo exige el acercamiento entre grupos que tomaron posiciones diferentes en algún período histórico difícil, sino también un renovado encuentro con los sectores más empobrecidos y vulnerables de la sociedad…”.

En ese sentido, sostienen que “la democracia tiene que acertar con su finalidad última que es el bien común, que es incluir a todos en el camino de la plenitud humana. El desarrollo humano integral es, hoy, el nuevo nombre de los derechos humanos. Un desarrollo que abarque a todos porque mientras una parte importante de nuestro pueblo sufre la miseria, ¿cómo podemos ser felices?”.

“La democracia -consideran- se envilece cuando deja a alguien afuera, cuando no protege a niñas, niños, adolescentes y jóvenes de la amenaza del consumo problemático y el tráfico de personas. Una democracia justa no puede ser indiferente a las necesidades básicas de la canasta familiar y al deterioro creciente del trabajo digno”.

Por tanto, destacan que “más vida democrática significa, entonces, asumir el valor del trabajo como uno de los ejes centrales de la cuestión social, pues este no solo aporta dignidad, sino que permite que cada ciudadano ‘ponga el hombro’ en la construcción de una patria de hermanas y hermanos”.

“Cuando las instituciones democráticas favorecen la creación de trabajo digno para los adultos y aseguran una educación de calidad para niñas, niños, adolescentes y jóvenes, están llevando adelante, en definitiva, la mejor política de seguridad”, aseveran.

Consideran “clave clave recordar que la verdadera libertad va de la mano con la fraternidad y con una efectiva igualdad que permite a todos vivir con dignidad. Solo cuando eso se vuelve realidad, una nación es verdaderamente libre y auténticamente democrática. Por eso, cuando en el Himno cantamos ‘Oíd el ruido de rotas cadenas’, no estamos celebrando una realidad consumada, sino una aspiración que aún debemos alcanzar”.

Seguidamente advierten: “Ahora bien, vivimos una época con una tendencia creciente al autoritarismo; un tiempo en que los populismos de distinto signo explotan la angustia de los ciudadanos, pero no representan el remedio de una vida buena. Un tiempo en que va predominando una ideología de la supervivencia del más fuerte sobre el más débil, cuando la fortaleza de la democracia debería manifestarse en el cuidado a los más frágiles”.

“Frente a esto -afirman-, es necesario rehabilitar una política que ponga la economía al servicio de la dignidad humana, que promueva la paz y que cuide nuestra casa común, empezando por preservar el aire puro y las fuentes de agua dulce y potable. Para ello, es imprescindible recuperar el diálogo sincero, desinteresado y honesto al servicio de una verdadera amistad social”.

Consideran que “se trata de un diálogo que sabe respetar, no excluye a nadie y que, por ser cultural, no puede dejar de ser político y social. Tenemos que volver a elegir el diálogo para abordar los conflictos y los desacuerdos, sin caer en polarizaciones estériles. ¡Del insulto de cada día al que piensa distinto, líbranos, Señor! Se torna peligroso acentuar la culpa ajena para proclamar la propia inocencia y justificar una agresión indeterminada”.

“Debemos renunciar a todo tipo de violencia, sabiendo que su espiral comienza con el discurso y escala hacia la acción. No podemos naturalizar la violencia en las redes sociales, en nuestros barrios, en el Congreso de la Nación”, recomiendan.

Hacia el final menciona al papa León XIV y su aseveración de que “es necesario abstenerse de utilizar palabras que afecten y lastimen al prójimo: “Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias”.

Fuente: www.clarin.com

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