Lanús recibió a sus héroes: la intimidad de una fiesta inolvidable :: Olé

Fue el Maragranazo. Porque ocurrió en Brasil, con más de 4.000 hinchas que empujaron desde la tribuna y otros miles que lo hicieron desde distintos rincones de la Argentina. Porque fue un equipo y no nombres sueltos. Porque el Granate se ganó los aplausos de propios y extraños. Porque todos fueron uno, y eso se sintió. Y no solo se vio en la cancha: se respiró en cada pase, en cada cierre y en cada grito de gol. Porque la vuelta olímpica en el Maracaná, frente al temible Flamengo, constituyó una hazaña futbolística. No es para cualquiera plantarse ahí, enfrentar a la historia y al presente de un poderoso y escribir la propia. El Granate puso de rodillas a un gigante. Por eso, el carnaval que empezó en tierras brasileñas continuó ayer por la noche en la Fortaleza, donde miles de hinchas fueron a recibir a los héroes eternos.

La fiesta fue tan grande como la gesta. De esas que empiezan antes del partido y no terminan nunca. En bares y casas, en cada rincón del país, y también en las calles de Copacabana. Y ahí estaban. Siempre ahí. Un club con jugadores que no se la creen. Futbolistas que dieron hasta lo que no tenían. Que jugaron con el alma en la mano. Jugadores que eligieron ser pueblo. Salieron del hotel y fueron con la gente. Con su gente. La madrugada caía sobre Río y ahí estaban ellos, festejando con los suyos, sacándose fotos uno por uno, como si el tiempo no importara. “Lo soñé siempre”, decía José Canale después de marcar ese segundo gol que encaminó la historia. Ese grito que quedó grabado para siempre. “Lanús va por todo”, dijo Salvio. Y sí, fue por todo.

Los jugadores y la Copa. Los jugadores y la Copa.

La historia también se escribió desde las tribunas, de la mano de un ídolo: Acosta. El Laucha. El que estuvo en seis de los nueve títulos del club. El que tiene su estatua en Cabrero y Guidi. El capitán de tantas batallas, el que se retiró en diciembre del año pasado, pero nunca dejó de estar. Porque hay cosas que no se retiran nunca. Estuvo en Río de Janeiro, sí… pero no en un palco. Estuvo donde tenía que estar: con la gente. Como uno más. Saltando, cantando, viviendo cada minuto como si estuviera adentro de la cancha. Celebrando la Recopa en la playa, mezclado, abrazado, siendo parte de ese pueblo que lo hizo ídolo y al que él nunca dejó de pertenecer. Y hasta le cortó el pelo a uno.

Y no solo eso. Porque cuando Ramiro Carrera sorprendió a todos saliendo del hotel a las 4.30 de la madrugada, caminando por la calle como si nada hubiese pasado, como si no hubiese ganado una final horas antes, el destino hizo lo suyo. Porque estas historias también tienen esas coincidencias mágicas. Se cruzó con el Laucha. Con hinchas. Y ahí, en plena noche, volvió la fiesta. “¡Dale campeón!”, gritaron entre saltos, aplausos y sonrisas que no entraban en la cara. Felicidad de la más pura, de la que no se compra ni se vende. De la que nace del alma.

(Fotos Martín Bonetto).(Fotos Martín Bonetto).

Porque se sintió en todos. En los más chicos y en los más grandes. En ese video que se volvió viral de un hijo y su papá tras el error de Rossi que derivó en el gol de Castillo para abrir el partido. Y no fue la jugada, no fue la táctica y tampoco el análisis. Fue la voz. Esa voz que anticipó todo: “¡No hay arquero, no hay arquero!”. En ese instante, en ese segundo suspendido en el aire, llegó el gol y el mundo se detuvo. Y lo único que existió fue ese abrazo eterno. De esos que explican más que mil palabras. Que resumen lo que significa este título para cada hincha.

“Demostramos que somos argentinos y que tenemos unos huevos terribles. Vinimos a hacer historia y sabíamos que éramos capaces, una página más para el club”, dijo Nahuel Losada después del partido, con atajadas que también quedarán en la memoria. Y sí, escribieron otra página dorada. Se convirtieron en el segundo equipo argentino en ser campeón en el Maracaná, detrás de Independiente. Y no es un dato más. Es una marca. Es un lugar ganado. Porque la historia continúa y ya suma seis títulos en los últimos 13 años. Una locura que ya no sorprende, pero sigue emocionando. Ojo que la Libertadores está a la vuelta de la esquina.

“Se habló mucho del partido y la diferencia de millones. Demostramos que somos 11 contra 11, de carne y hueso y lo tenemos muy merecido”, agregó el arquero. Y es así. Porque en los papeles pesaba más el rival. Porque el fútbol también se mide en números, pero no se define ahí. Todo el plantel de Lanús está valuado en 43 millones de euros. Y solo Paquetá le costó 47 millones a Flamengo. Pero la Copa no se dejó seducir por la billetera. Eligió el corazón.

La fiesta continuó en casa. Más precisamente en la Fortaleza. Lanús abrió sus puertas para recibir a los suyos. Para que la historia no se quede lejos y que se celebre donde nació todo. Miles y miles de socios en la cancha, en la platea Emilio Chabel, sin costo alguno. Como tiene que ser. Porque esto es de todos. Y ahí estaban ellos. Los protagonistas. Caminando, sonriendo, emocionados. Muchos de la mano de sus hijos, con una felicidad imposible de disimular. Dieron la vuelta en la Fortaleza, lenta, disfrutando cada paso, como si quisieran que ese momento no termine nunca.

(Fotos Martín Bonetto).(Fotos Martín Bonetto).

“De la mano de Pellegrino todos la vuelta vamos a dar”, bajó desde las tribunas, como un eco que envolvía todo. Y en el centro de la escena, con la serenidad de quien entiende lo que logró, habló Mauricio Pellegrino: “Agradecerle a mis jugadores, es un placer trabajar con ellos. Cada uno de nosotros podemos ser parte de algo aun más grande y eso nos hace eternos”.

Después hablaron ellos. Los que dejaron todo. Cali, Toto. Palabras simples, pero llenas de verdad. Agradecieron al hincha, a los que estuvieron siempre. “Eternamente agradecido”, dijo Salvio. Y en esa frase entró todo. El esfuerzo, la historia, la gloria y ese vínculo que no se rompe nunca.

Pero la fiesta empezó mucho antes. Empezó en Ezeiza. Porque antes de llegar al barrio, había que recibirlos como campeones. Y ahí estuvieron. Una marea granate. Y en medio de todo eso, apareció él. Bajó Losada con la Recopa entre los brazos. Así, entre cantos, emoción y orgullo, la llegó a casa. A donde pertenece. A donde siempre la van a cuidar. A donde el fútbol todavía se siente como lo que es: pasión. Porque Lanús no ganó solo un título. Ganó una historia más para contar toda la vida. Y esta… esta no se la olvida nadie.

(Fotos Martín Bonetto).(Fotos Martín Bonetto).

“Lo voy a recordar toda la vida”, dijo Castillo. Y no, Rodri… no sos solo vos. Es todo el club. Son miles. Porque esto no se mide en millones. Esto es barrio. Es identidad. Pertenencia. Humildad. Es fútbol en su esencia pura. Es el club de barrio más grande del mundo.

Fuente: www.ole.com.ar

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