Hallaron en Serbia una fosa de 2.800 años de antigüedad que expone una violenta matanza de niños y mujeres


En el norte de Serbia, cerca del río Sava, un equipo internacional de arqueólogos desenterró una escena que obligó a mirar de frente la violencia del pasado.
En el yacimiento de Gomolava apareció una fosa común con 77 personas enterradas hace unos 2.800 años, en plena Edad de Hierro. No se trata de un cementerio habitual sino que todo indica que murieron en un mismo episodio.
El estudio, publicado en la revista científica Nature Human Behaviour, destaca que se trata de uno de los mayores enterramientos de un solo evento documentados en la Europa de ese período.
En otras masacres prehistóricas, las fosas asociadas a conflictos suelen estar dominadas por varones jóvenes. En este caso, ocurre lo contrario.
No es un caso aislado de violencia antigua, pero sí uno de los mejor documentados en cuanto a selección de víctimas.
Qué revela la fosa de Gomolava: el hallazgo que expone una matanza selectiva de mujeres y niños en la Edad de Hierro
El dato más impactante no es solo la cantidad de cuerpos, sino quiénes eran. Los análisis de ADN muestran que más del 70 por ciento de los restos pertenecen a mujeres adultas, el 51,9 por ciento corresponde a niños de entre uno y doce años de edad y un 15 por ciento, a adolescentes.
Muchos cráneos presentan fracturas producidas por golpes directos que se concentran en la parte superior, posterior y derecha de la cabeza, compatibles con armas contundentes. Los investigadores describen el patrón como “violencia deliberada y eficiente”.
La escena apunta a un ataque planificado. La pregunta que surge entonces es: ¿por qué el blanco fueron mujeres y niños?
La hipótesis que sostiene el equipo arqueológico es que el objetivo no era solo matar, sino desarticular una comunidad.
En sociedades de la Edad de Hierro, las mujeres eran claves para la transmisión cultural y la continuidad del grupo. Eliminar a los más vulnerables podía ser una forma extrema de borrar linajes y romper alianzas.
Además, los estudios genéticos muestran que muchos de los individuos no estaban estrechamente emparentados entre sí y algunos habían pasado su infancia en regiones distintas.
Eso indica que no se trataba de una sola familia ni de un pequeño clan aislado. Podría haber sido un grupo diverso reunido por comercio, migración o alianzas, lo que amplía el alcance del conflicto.
Sin embargo, el hallazgo también revela que los restos humanos estaban dispuestos con cierto orden y acompañados por fragmentos de cerámica, objetos de bronce y restos de animales.
El contexto histórico remite a una época de fuertes tensiones entre comunidades asentadas y grupos más móviles que disputaban el control del territorio. Sin embargo, lo que ocurrió después de la matanza muestra que las víctimas no fueron simplemente abandonadas.
Ese cuidado sugiere que alguien, después de la masacre, realizó un entierro con algún sentido ritual. Debajo de los cuerpos se colocó el cuerpo de una vaca joven, y postes alrededor del perímetro que sugieren que el lugar fue señalado y conservado en la memoria de quienes sobrevivieron.
Fuente: www.clarin.com



