Un hallazgo neurológico explica por qué procrastinamos


Un grupo de científicos de la Universidad de Birmingham concluyó que la procrastinación ocurre porque el cerebro percibe el esfuerzo de una actividad de manera menos costosa si se imagina realizándola en un tiempo futuro.

Este fenómeno se fundamenta en un sesgo cognitivo donde la recompensa de una tarea se mantiene constante, pero la percepción del sacrificio necesario para completarla se reduce drásticamente ante la perspectiva del mañana.

Los investigadores utilizaron modelos computacionales para observar cómo los voluntarios tomaban decisiones sobre tareas físicas, notando que el sistema motor se “engaña” al planificar a largo plazo. El equipo de neurociencias identificó que las personas no postergan por pereza o falta de voluntad, sino por una desconexión en la amígdala y la corteza cingulada anterior.

Estas áreas son responsables de medir la relación entre el beneficio obtenido y la energía invertida. Al desplazar la actividad, el individuo siente un alivio instantáneo porque el cerebro computa un “descuento de esfuerzo” irreal sobre el compromiso.

La regulación de los niveles de dopamina juega un papel central en este proceso biológico. Cuando una persona se enfrenta a una tarea tediosa, el cerebro busca una gratificación inmediata a través de estímulos más placenteros y rápidos de procesar.

Esta competencia interna entre el sistema límbico y la corteza prefrontal suele ganarla el impulso, lo que deriva en el aplazamiento sistemático de las obligaciones. Los especialistas señalan que existe una variabilidad individual en la sensibilidad al esfuerzo.

Aquellos sujetos con una mayor densidad de receptores de dopamina en ciertas áreas cerebrales tienden a ser más resilientes ante el cansancio proyectado. Por el contrario, quienes poseen una estructura neuronal más reactiva al estrés perciben cualquier tarea pendiente como una amenaza, activando mecanismos de defensa que llevan a la evitación.

El estudio concluye que entender estos mecanismos permite desarrollar estrategias más efectivas para el manejo del tiempo. No se trata de una falla moral, sino de una configuración biológica que prioriza el bienestar del presente sobre el esfuerzo del futuro.

Al fragmentar los objetivos, es posible reducir la carga de esfuerzo percibida y engañar al sistema neurológico para que no busque la postergación, logrando así una productividad mucho más saludable y constante.

Fuente: www.clarin.com

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