“Los therian. Ignorancia y odio”. Escribe Lucas Perassi

Hoy, uno de los concurrentes, identificado con el mono capuchino, señalaba que era una herramienta para la danza, que es lo que hace. Así de simple, no es que todos se “autoperciban” animales, es que para algunos es un juego, o un modo de encuentro, o un aprendizaje, o las tres cosas a la vez. No hay que quedarse con las noticias superficiales, sino escucharlos.

Lo peor no ocurrió en la plaza, sino en las redes, donde miles de jujeños expresaron su odio. Una avalancha de comentarios absolutamente excesivos: “necesitan bullying del bueno” (o sea, el bullying no es algo malo, sino un normalizador social deseado); “si te crees gato, ¿puedo atropellarte?” (o sea, para este humano, está muy bien salir a atropellar animales), “mándenlos a la perrera”. Uno incluso sugería, con un emoji de sonrisa, que los “castraran para evitar la sobrepoblación”.

A pesar de que estudio (y enseño) sobre los discursos de odio, y esa necesidad impuesta de opinar y ser crueles, no termino de sorprenderme nunca. No me asombran ni me irritan los therian, sino el resto. Con qué facilidad convertimos lo diferente en monstruoso, sin siquiera tratar de prestarles un mínimo de atención, o captar la lógica del otro. ¿Desde cuándo ponerse una máscara y saltar en una plaza merece lapidación pública? ¿Qué nos dice de nosotros mismos esta furia tan gratuita?

Primero, aclaremos el terreno conceptual, porque gran parte del odio nace de la confusión deliberada. Los therian (del griego therion, “bestia salvaje”) en principio son personas que experimentan una identidad no exclusivamente humana; sienten, a nivel psicológico o espiritual, que parte de su ser corresponde a una especie animal específica. Pero así como en todo, hay adopciones y apropiaciones. Hay quienes tienen intereses lúdicos, estéticos o comunitarios: disfrutan de personajes, crean arte, usan disfraces elaborados, casi como cualquier fandom. Habría que ver cuántos de estos therian sienten verdaderamente una experiencia interna e íntima. Y, en todo caso, esa experiencia solía ser solitaria, y ahora se ha vuelto comunitaria y orgullosa, lo que no es poco. 

Por si hiciera falta aclararlo, la investigación académica sobre therianthropy muestra que los therian reportan niveles de salud mental comparables a la población general (“normales”, dirían algunos). Y los tildan de “retrasados mentales”, como si los energúmenos que se pelean en las redes estuvieran dando muestras de superioridad o “avance mental”. La verdad, no lo parece. 

Abro paréntesis: muchos estudios sobre los comentarios y evaluaciones online, señalan que los discursos de odio y las evaluaciones muy negativas (en plataformas de películas o restaurantes, por ejemplo), provienen de gente que por esos comentarios o evaluaciones negativas cree que van a ser considerados más inteligentes. Ahí sí hay un serio problema de salud mental. Cierro paréntesis. 

Volviendo a los pocos estudios sobre therianthropy, estos concluyen que, en realidad, el problema mental de los therian comienza cuando son víctimas de estigmatización social. Es decir: el “problema” no está en ellos, sino en una sociedad que castiga lo que no entiende.

Hay muchos puntos por dónde empezar a comprender el fenómeno: por ejemplo, frente a la deshumanización actual, la recuperación simbólica de un pasado de convivencia orgánica entre el hombre y la naturaleza; o el rol preponderante de las mascotas en nuestra sociedad, con su antropomorfización (los perrijos); o la recuperación de un pasado en que hombres y mujeres, cubiertos con pieles de oso o ciervo, bailaban, gruñían, para invocar la fuerza del animal. Es decir, en sociedades premodernas, esa identificación conectaba al individuo con fuerzas naturales, otorgaba significado cósmico a lo cotidiano

Si vamos a lo simbólico, Oscar Wilde escribió: “Dadle una máscara a un hombre y os dirá la verdad”. En un mundo donde todos llevamos máscaras invisibles (la del empleado eficiente, la del influencer feliz, la del padre perfecto), máscaras acentuadas en nuestros perfiles de redes sociales, el therian elige una máscara visible, la del animal, y al hacerlo, denuncia la falsedad de todas nuestras otras máscaras.

Pero no vamos a detenernos aquí en alguna de las posibles explicaciones sociológicas que, además, debería contar con un trabajo etnográfico y escuchar, sobre todo, las voces de quienes lo practican. Pero tampoco vamos a juzgar livianamente sin tratar de comprender. 

Hoy, hay toda una sociedad que se presenta frente al fenómeno como hiper-racionalista, pero que en otras cosas da muestras de su rechazo a la razón (por ejemplo, el antiintelectualismo y el anticientificismo). ¿Y si el impulso es el mismo de hace milenios?, es decir, reconectar con lo instintivo, con esa parte “reptiliana” del cerebro que hemos enterrado bajo capas de obediencia y “buena conducta”. Tal vez, cuando corre en cuatro patas en la plaza, no está “haciendo el ridículo”; está intentando, con torpeza y belleza, escapar de la jaula de la racionalidad moderna

Mientras, en lugar de comprender ese gesto desesperado de escapar de una angustia existencial, le tiramos piedras digitales. Porque nos aterra lo “raro”. Así como hemos domesticado al perro y al gato, nos hemos domesticado a nosotros mismos.

Y vivimos bajo la dictadura del “cringe”, de la vergüenza ajena. Ya no preguntamos si algo es justo o hace daño, sino si debiera dar vergüenza. Amigo, en todo caso, es ajena (del latín aliēnus, que significa perteneciente a otro), dejala en paz. No es tu vergüenza. Y ni siquiera te jode

Ese “cringe” funciona como mecanismo de defensa colectivo pero sólo en estas pelotudeces. Cuando vemos a alguien rompiendo la “normalidad”, entramos en un pánico que, para no pensar en nosotros mismos, se expresa en odio hacia el otro. Por ejemplo, puede llevarme a pensar en mi propia inseguridad: ¿si este pendejo se anima a hacer eso sin morir de vergüenza, qué dice eso de mis propias vergüenzas, de mis ataduras, de mis cadenas? Y ya que no puedo zafarme, escupo al que sí puede. El odio es, muchas veces, odio al espejo que nos recuerda qué somos, cuánto hemos renunciado a nuestra propia libertad por miedo al qué dirán, cuánto de nosotros sacrificamos para ser normales. 

Y claro, como lo que veo en el espejo no me gusta, patologizó al otro: “Necesitan terapia”. Frase comodín, pronunciada con una suficiencia que asusta, como si cada comentarista fuera Freud resucitado. Pero rebobinemos: ¿hace daño ese chico que salta como mono capuchino para inspirarse en la danza? ¿Está golpeando, maltratando, robando bancos, pidiendo deuda externa que nunca podremos pagar? No, en absoluto. Además, repito, todos los therian son plenamente conscientes de su biología humana. Saben que no son lobos reales. No alucinan. Entonces el diagnóstico que todos los dizque expertos hacen de “locura”, es en realidad su propia “incomodidad” hablando. 

Parece que existe una obsesión higienista en las redes: queremos un mundo aséptico donde toda rareza sea inmediatamente señalada y descartada (atropellada o encerrada la perrera). Pero también hay una comodidad de no moverse ni un ápice de lo que creo. Listo. Así, mejor, ya no tengo que comprender y (mucho menos) que empatizar. Ya puedo encerrarlo en la cajita de “lo roto”. 

Otra cosa realmente asombrosa en todo este fenómeno, es la normalización del acosador, el bullynero digital. Hay compilaciones de “Cringe Therian” con millones de visitas, Youtubers que se ganan la vida reaccionando con asco a videos de menores de edad, monetizando su humillación. Hemos construido un coliseo romano donde ya no soltamos leones contra cristianos (bah, todavía), pero sí soltamos a la masa anónima contra cualquiera que se atreva a ser diferente. La crueldad se ha convertido en entretenimiento. Y nos reímos. Y damos like. Y por un instante nos sentimos mejor con nuestras vidas grises y estandarizadas.

Eso sí es una enfermedad. Una epidemia de crueldad convertida en pasatiempo para una sociedad aburrida. Otros comentarios recogidos tras el encuentro de Jujuy (“revivan el bullying”, “una patada en el ojete”, “péguense un tiro”) legitiman la violencia hacia este grupo de chicos porque son el eslabón débil. No tienen lobby. No tienen poder. Son el chivo expiatorio ideal: lo suficientemente visibles para señalarlos, lo suficientemente vulnerables para destruirlos sin consecuencias. Como dice una de las chicas: “Nos tratan mal por no hacer nada, pero no se enojan con los políticos que les roban en la cara”. Touché.

Consejo de therian: elegí con qué cosas enojarte, hermano

*- Por Lucas Perassi
Escritor, Docente e Investigador universitario



Fuente: www.lavozdejujuy.com

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