Bloopers y torpezas del peronismo en el último verano de Isabel Perón en el poder


Me quieren echar, pero me van a tener que sacar de la Casa Rosada tirándome de los pelos… ¡No voy a renunciar, ustedes pagarán todo el costo político!” La mujer, exasperada, al límite de sus menguadas fuerzas, rompería en llanto y se taparía la cara con sus manos, en un acto reflejo de pudor y orgullo. Sus 45 kilos parecían todavía menos en ese un cuerpo en estado de quebranto, consumido por la angustia y devastado por el estrés.

Aquella mañana del 5 de enero de hace 50 años, ninguno de sus tres interlocutores en la residencia de Olivos, pareció conmoverse ante la imagen desolada que dejaba ver la presidenta constitucional de la Argentina, María Estela Martínez, viuda de Perón, “Isabel” en la jerga popular que evocaba sus épocas de bataclana centroamericana. Había sucedido a su esposo, el legendario General, un año y medio atrás, cuando su viudez la llevaría de inmediato a la primera magistratura de la República, por su condición de hasta entonces vice presidenta.

Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti, los tres comandantes en jefe de las FF.AA. , habían concurrido a la residencia presidencial a pedido suyo, con el fin de hallar alguna salida a la crisis que agobiaba al país. Secuestros y asesinatos diarios, insubordinación guerrillera, patotas paraoficiales lanzadas a “la caza de zurdos”, precios descontrolados, inflación creciente, reclamos sindicales. En aquel infortunado verano del 76 todo conformaba un clima de asfixiante inseguridad y desconfianza ciudadana. A lo que se sumaba la insuficiencia de un sistema de partidos inactivo y un Congreso sin consensos, coctel fatal para la frágil democracia isabelina.

Los altos jefes militares habían sido claros con ella. Ninguno de los menús institucionales que le ofrecerían involucraba su continuidad en el mando. Según investigaron en su momento los periodistas María Seoane y Vicente Muleiro en su libro “El dictador/La historia secreta y pública de Jorge Rafael Videla”, una documentada biografía del jefe del Ejército, sería él quien administraría los tiempos de una reunión con picos de elevadísima tensión política. “Videla fue el vocero del triunvirato, aunque Massera, sin las flores y los chocolates con los que solía seducir a Isabel, esta vez no escatimó palabras crueles para calificar ‘su desgobierno’. Videla fue terminante: Isabel debía renunciar para evitar un golpe de Estado.”

En los días finales de diciembre de 1975, el país venía de soportar el ensayo de golpe a destiempo del brigadier Jesús Orlando Capellini. Ni Videla ni Massera acompañaron aquella aventura: su estudiado silencio hizo comprender al aviador insurrecto que su toma del Aeroparque durante cinco días no tenía plafond. Aún no era hora del tiempo destituyente. Con la ciudadanía atónita, 24 horas después tuvo lugar la catástrofe militar y el suicidio político del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), en la fallida toma del Arsenal de Monte Chingolo. Videla, despojado de toda inocencia, había agradecido en público a Victorio Calabró, gobernador bonaerense de la derecha peronista, circunstancialmente antiverticalista, el apoyo de la Policía Bonaerense a la violenta respuesta armada del Ejército en la matanza posterior.

La Presidenta se dejó llevar por la indignación del Partido Justicialista, que ya había expulsado a Calabró por su diálogo con el videlismo, y preparó un decreto para intervenir la provincia. Los comandantes enfurecieron y dieron su apoyo al gobernador. Sería el primero de los errores, torpezas y hasta bloopers políticos de Isabel y de su gobierno en aquel verano que incluiría una fugaz internación suya, con dudosos certificados médicos de por medio, en la Pequeña Compañía de María.

La politóloga Liliana De Riz, en su obra “Retorno y derrumbe, el últmo gobierno peronista”, diría en 1981: “El diseño político con que Isabel y su entorno proyectaron consolidarse en el poder había fracasado estruendosamente … El tema del terrorismo fue la convocatoria con la que esperaron conseguir, si no el apoyo, al menos la neutralidad de los sectores políticos de la oposición y de los militares. Pero ese recurso no le sirvió para estabilizar un régimen cuyo proyecto político se basaba en la traición a las ideas programáticas del propio Perón.”

En su dramático derrotero en busca de auxilio, Isabel tocaría puertas del establishment religiosos y diplomático, pero sólo encontraría evasivas y silencios. Le pediría a Pío Laghi, el Nuncio Apostólico, que Paulo VI intercediera en su favor y en defensa del orden constitucional del país. Ningún Papa lo hubiese hecho. Aquel tampoco. Al contrario, Laghi le ratificaría que la única condición de los militares para no intervenir era su propia renuncia. La misma respuesta le daría su amigo Guillermo de la Plaza, embajador argentino en Uruguay, quien a su pedido logró ponerse frente a Viola, el segundo de Videla en el mando del Ejército. La respuesta del diplomático fue durísima: “Presidenta, quieren que se vaya sí o sí. Para ellos su salida es innegociable”.

A mediados de enero, Isabel haría cirugía mayor en su gabinete. Los diarios anunciaban sorpresivamente, sin que mediara desmentido oficial, que se alejaban del gobierno Ángel Federico Robledo, Ernesto Corvalán Nanclares, Manuel Arauz Castex y Tomás Vottero. A ritmo vertiginoso, los ministros, más que nunca simples fusibles, en un interminable minué de enroques, reemplazos volátiles y nuevas designaciones, entraban y salían de la Casa de Gobierno. O eran enviados a otros cargos. En la nueva remoción ingresaban Roberto Ares, el ex fiscal José Deheza y Ricardo Guardo, quien ocuparía fugazmente el lugar de Vottero en Defensa. Antonio Cafiero y Carlos Ruckauf, los dos ministros que el Partido Justicialista reconocía como “hombres leales al Movimiento y a Perón”, dejarían sus lugares a Miguel Unamuno y a Emilio Mondell, el último de sus cinco ministros de Economía a los que Isabel recurrió en sus menos de dos años de tormentosa gestión. Además de Gelbard (herencia de Perón), tuvo a Gómez Morales, Rodrígo, Bonani, Cafiero y Mondelli, quienes durarían en su puesto seis, tres, uno, seis y dos meses.

La presidenta había cedido, finalmente, al chantaje cuartelero. Quería congraciarse ante los comandantes con la infantil idea de que así lograría su continuidad y podría llegar a las elecciones generales, que ella misma había anunciado en principio para octubre de 1976. Casi no consultó los cambios, salvo con el elenco sobreviviente del lópezregguismo. Aníbal De Marco (muy ligado a Massera), Raúl Lastiri, el yerno de López Rega, Julio González, entre los más notorios. La jefa del Ejecutivo llegó a ofrecer la cabeza de González, lopezrreguista de paladar negro, de quien se creía que aún obedecía a su jefe político, en función diplomática en el exterior como “embajador extraordinario y plenipotenciario” del gobierno argentino. Isabel incluso se habría comprometido a atenuar el verticalismo exagerado del metalúrgico Lorenzo Miguel, su gran soporte gremial. No comprendía que los comandantes sólo querían su cabeza.

Alejandro Horowicz en su libro “Los cuatro peronismos”, revelaría una reunión entre la jefa de Estado y el entonces intendente de Avellaneda, Herminio Iglesias, dueño de un estilo de caudillismo patotero propio de los años 30, a quien habría convencido de que no habría golpe porque ella pondría en marcha las políticas que querían los militares, conjetura cuya fuente atribuye al número 36 de la revista Cuestionario, dirigida por el entonces periodista Rodolfo Terragno. Según la mirada de Horowivz, la posterior caída de Isabel no sería “el resultado de la política de choque de las organizaciones terroristas sino del terrorismo de Estado ejecutado por las autoridades del Palacio de Hacienda y del terrorismo desplegado por López Rega y la patria metalúrgica.”

La última carta brava de la presidenta fue la designación como canciller de Raúl Quijano, un diplomático de gran reputación y fluidos contactos con Washington. Quijano se dio cuenta del final cercano cuando Henry Kissinger, el secretario de Estado de Washington, lo recibió con amabilidad personal y hielo político: ese saludo casi de compromiso, le dio a Quijano la pista que buscaba. Kissinger ya tenía en su agenda otros interlocutores argentinos. Y él no estaba en esa lista.

Según Guido Di Tella en su ensayo “Perón-Perón, 1973-1976”, escrito en 1981, “lo que redujo la autoridad presidencial a su punto más bajo fue el enfrentamiento frontal con los sindicatos provocado por el sorpresivo giro hacia la derecha y la tentativa de imponer políticas contradictorias con la base social y política de la coalición gubernamental…” Di Tella había sido secretario de Coordinación y Programación Económica del gabinete del ministro de Economía, Antonio Cafiero, entre agosto de 1975 y enero de 1976.

Los bloopers finales fueron dramáticos. Harguindeguy, entonces segundo jefe del estratégico I Cuerpo del Ejército, fue nombrado al frente de la Federal con autorización de asistir a las reuniones de gabinete. Un zorro mayor puesto a cuidar un gallinero indefenso. Cuenta Juan Bautista Yofre, periodista, diplomático, historiador, que el flamante jefe policial anotaba todo y pasaba el parte a Videla, su jefe, para que supiera cada cacareo del gallinero. Increíble.

El 20 de marzo, a sólo cuatro días del golpe, Isabel llevaría al ministro Mondelli a la sede de la CGT para mejorar la relación del gobierno con los gremios, hablar de su plan económico y limar el disgusto sindical creciente en rechazo a las movidas en el gabinete: “No tengo plan, sólo algunas medidas”, la corrigió involuntariamente el ministro del derrumbe. Una silbatina lo dejó nocaut de pie y con gesto de indefensión. Isabel tomó el micrófono: “Muchachos, no me lo silben mucho al pobre Mondelli”. El momento lo captó el fotógrafo César Cicchero: esa imagen marcó toda una era política. Bajaba el telón. Era un blooper agónico, presagio de la tragedia que vendría. A medio siglo de aquellos momentos, quizá el error madre, que desataría todos los posteriores, haya sido creer que la política podía ejercerse por portación de apellido.

Fuente: www.clarin.com

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