Mick Meaney, el hombre que pasó 61 días enterrado para romper un récord mundial: “Quería demostrar mi valía”

Michael “Mick” Meaney nació en Irlanda, aunque rápidamente se mudó a Inglaterra en busca de mejores oportunidades.
Allí, consiguió el bienestar que deseaba, pero su sueño último era alcanzar la fama internacional como deportista profesional.
Sin embargo, un par de accidentes laborales lo hicieron cambiar de idea, y decidió realizar un desafío relacionado con el terror de la mayoría de las personas: ser enterrado bajo tierra.
Un accidente de trabajo y miles de dólares: los incentivos de la aventura
Mick Meaney nació en el condado de Tipperary, Irlanda, en el año1935.
Sin embargo, ya adulto, como varios otros de sus compatriotas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se mudó a Londres a buscar trabajo para poder sostener a su familia.
Meaney se mudó a Londres en busca de oportunidades laborales. Foto: Captura YT (British Pathé)Allí, consiguió empleo como obrero en una construcción. Sin embargo, tenía una aspiración un poco más grande: ser campeón mundial de boxeo.
Pero esta ilusión, inesperadamente, se le iba a acabar pronto. Sufrió un accidente en su trabajo, por el que se le lesionó una mano y, por ello, no pudo continuar con su proyecto de pugilista.
Por si lo anterior fuera poco, al tiempo tuvo otro episodio trágico: se desmoronó un túnel en el que estaba trabajando y quedó sepultado por unos minutos bajo los escombros.
No obstante, a diferencia del anterior, este accidente no le quitó un sueño, sino que le despertó otro.
Se dice que, mientras estaba bajo las piedras, se le ocurrió que podría ser enterrado vivo durante un largo periodo de tiempo, y así ser reconocido internacionalmente.
Aunque parezca una idea rara, algunas competencias del estilo se habían puesto de moda en Estados Unidos, donde un nativo llamado Herbert O’Dell Smith tenía el récord mundial por haber permanecido 45 días bajo tierra. Por tanto, si quería realmente trascender, Meaney tenía que superar este tiempo, y así se lo propuso.
Pero no fue solo eso lo que lo impulsó a lanzarse a semejante desafío, sino también su situación socioeconómica. Corría la década de 1960, tenía más de 30 años y no había estudiado nada ni poseía grandes talentos, por los que sus posibilidades parecían reducirse a seguir siendo obrero.
“No tenía futuro en la vida real. Por eso, quería bajar y demostrar mi valía“, declararía más tarde.
Una hazaña como la pensada, por macabra que fuera, podría hacer que su nombre figurara en el libro de los récords Guinness, lo que lo volvería lo suficientemente rico como para regresar a Irlanda y construir una casa.
Según contó su hija Mary a BBC, a Mick le habían prometido una gira mundial con su ataúd y 100.000 libras esterlinas (más de 130 mil dólares) si superaba el récord de O’Dell.
Convencido, Meaney comenzó a idear cómo llevar a cabo el reto e, insólitamente, pronto encontró a una persona que lo ayudaría a concretarlo.
Cervezas, diarios y cigarrillos: un entierro particular
Meaney vivía en Kilburn, un barrio del norte de Londres donde residían muchos otros irlandeses.
Meaney llevó adelante el reto gracias a un reconocido empresario. Foto: Captura YT (British Pathé)Fue allí, en el pub The Almiral Nelson, donde conoció a Michael “Butty” Sugrue, un personaje singular, que había sido luchador y participado de circos en los que se lo presentaba como “el hombre más fuerte de Irlanda”.
Butty también era empresario y, ocasionalmente, promotor de boxeo (más tarde llevaría a Muhammad Ali a pelear en Dublín).
Cuando Meaney, entre cerveza y cerveza, comentó su idea de enterrarse vivo, Sugrue vio una oportunidad y, enseguida, le ofreció organizarle el reto.
Mick aceptó y, el 21 de febrero de 1968, a sus 33 años, llegó el día de descender a la tierra.
Antes de sellar la tapa del féretro, el empresario le armó una especie de velorio y una “última cena” en el bar, a la que invitó a la prensa mundial.
Meaney, vestido con un pijama azul y medias, se metió en el ataúd de 1,90 metros de largo por 0,78 de ancho y forrado con espuma, que habían fabricado especialmente para el reto.
Llevó consigo un crucifijo y un rosario, y antes de que lo encerraran declaró: “Esto lo hago por mi esposa y mi hija, y por el honor y la gloria de Irlanda”.
Sin embargo, ellas no estaban enteradas. Mary contó que su madre, quien en aquel entonces esperaba otro hijo, escuchó en la radio que un hombre iba a intentar romper un récord pasando más de 45 días bajo tierra, momento en que se dio cuenta que se trataba de Mick y se desmayó.
El día de su “entierro”, Mick Meaney celebró su “velorio”: Foto: captura YT (British Pathé)Terminada la ceremonia, y mientras un tenor irlandés cantaba, una procesión de curiosos y equipos de televisión acompañaron a Meaney por las calles de Kilburn hasta la casa de su amigo Mick Keane, quien proporcionaría el terreno para el entierro.
Allí, el irlandés fue sepultado 2,5 metros bajo toneladas de tierra. Podía respirar gracias a dos tubos de hierro fundido, por los que también recibía diarios y libros para leer a la luz de una antorcha, así como alimentos, bebidas (entre ellas, cerveza) y cigarrillos.
Además, tenía una pequeña abertura que daba a una cavidad ubicada debajo del cajón, por la que hacía sus necesidades menos elegantes.
En el pub, mientras tanto, se había instalado un teléfono para hablar con él, no sin antes pagarle una tarifa a Sugrue.
Más allá de todo esto, no existían medidas de seguridad oficiales para mantener con vida a Meaney, y su caso llegó a ser debatido en la Cámara de los Comunes (Poder Legislativo) del Reino Unido, donde algunos parlamentarios plantearon que había que sacarlo, aunque finalmente no se tomó ninguna medida.
La prensa internacional siguió el caso por un tiempo, pero luego la realidad, que presentó hechos más importantes, como la guerra de Vietnam, lo fue desplazando.
Aun así, cuando llegó el día de la “resurrección”, Butty se aseguró de que el evento no pasara desapercibido.
Una promesa incumplida y un récord que duró poco: el día después de la hazaña
Con la presencia de bailarines, músicos y muchos periodistas, el 22 de abril, 61 días después de la sepultura, el ataúd fue desenterrado y llevado en un camión, en medio de una multitud, hasta el bar.
Al retirar la tapa, Meaney estaba sucio, con gafas de sol ―para protegerse los ojos― y barba, pero, evidentemente satisfecho, sonrió.
“Me gustaría aguantar cien días más. Estoy encantado de ser el campeón del mundo”, exclamó exultante, segundos antes de que un médico chequeara su estado de salud.
Una vez más, como el día en el que lo enterraron, sintió la admiración de la gente, algo que tanto había anhelado, y se imaginó que había alcanzado el sueño de ser mundialmente famoso. Además, pensó, le darían el dinero que le habían prometido por batir el récord.
Pero sus esperanzas se desvanecieron rápidamente. No solo no recibió la fortuna, sino que su hazaña jamás fue reconocida por Guinness, ya que no hubo ningún representante que verificara su logro.
Aún más, la posibilidad de tener el récord, aunque no reconocido, también se le esfumó pronto. Apenas unos meses después, ese mismo año ―1968―, una exmonja llamada Emma Smith hizo trizas su proeza al permanecer sepultada durante 101 días en un parque de diversiones en Inglaterra. En 1981, por si quedaran dudas, el estadounidense Charles William White fue más allá: pasó 140 días bajo tierra.
El 17 de febrero de 2003, un sacerdote de Irlanda celebró un acto funerario, en el que pronunció unas palabras que sorprendieron a los presentes. “Esta es la primera vez que entierro a alguien que ya había sido enterrado antes“, dijo.
En el ataúd del evento estaba el cadáver de Meaney, quien desde entonces se encuentra enterrado, esta vez para siempre.
Fuente: www.clarin.com



