“Cuatro disparos que terminaron con 6 vidas humanas”: el caso que inspiró A sangre fría, la obra de Truman Capote que revolucionó el periodismo

A fines de 1959, la atención estadounidense pasaba por la Guerra Fría, sobre todo porque los revolucionarios de Fidel Castro ya gobernaban Cuba.

Sin embargo, un suceso aislado, ocurrido en un pueblo de Kansas, se robaba algunos titulares de diario: una familia había sido asesinada sin que los criminales dejaran casi rastros.

Cuando las autoridades encontraron la única pista contundente que había al respecto, se desató una investigación que quedó para la historia, con la cual Capote elaboró una obra que marcaría un hito para el periodismo.

Un pequeño pueblo, una familia normal y un crimen atroz

Corría noviembre de 1959.

Holcomb, un pueblo ubicado en el corazón de los Estados Unidos, en el estado de Kansas, rondaba los 300 habitantes. Era, en palabras de Capote, “una zona solitaria dividida en el centro por las vías del ferrocarril”. En sus afueras estaba el campo “River Valley”, donde, en una mansión, vivían los Clutter.

“Cuatro disparos que terminaron con 6 vidas humanas”: el caso que inspiró A sangre fría, la obra de Truman Capote que revolucionó el periodismo

Herbert, el padre de la familia, había hecho su fortuna de cero. Tras comprar la granja con un préstamo, en menos de una década tenía 400 hectáreas. Ahora, a sus 48 años, era un hombre destacado en la comunidad y estaba casado con Bonnie Fox, tres años menor.

El matrimonio tenía 4 hijos, pero solo dos vivían en la casa: Nancy, de 16 años, quien era “la mimada del pueblo”, y Kenyon, que a sus 15 años medía 1,80.

Los Clutter eran muy queridos en la vecindad. Nada hacía imaginar la tragedia que les aguardaba.

Arriba, Herbert y Bonnie. Debajo, Nancy y Kenyon. Foto: crimearchives.net

Como todos los domingos, el 15 de noviembre, Nancy Ewalt y su padre, Clarence, fueron a River Valley a buscar a Nancy Clutter, compañera de escuela de la primera, para ir a la iglesia. Pero cuando golpearon las puertas de la casa, nadie contestó.

Ante esto, pasaron a buscar a Susan Kidwell, la mejor amiga de Nancy, quien también solía acompañarlos a la parroquia, y juntos regresaron a la granja.

Las jóvenes entraron a la mansión, donde todo estaba intacto, y subieron a la pieza de su compañera. Allí la encontraron muerta y comenzaron a gritar.

Nancy Clutter yacía sobre su propia cama. Foto: crimearchives.net

Todos salieron en busca de ayuda. Clarence volvió junto a un sheriff y a Larry Hendricks, otro vecino. Subieron al cuarto de Nancy y descubrieron que le habían disparado en la nuca. “Yacía sobre un costado. Tenía las manos y los tobillos atados”, declararía más tarde Hendricks.

Fueron a otra habitación de arriba y hallaron muerta a Bonnie. “La habían atado, pero con las manos por delante. La cuerda bajaba hasta los tobillos que tenía atados uno contra otro. Le habían tapado la boca con cinta”, describiría el testigo.

En el sótano encontraron sin vida a Kenyon. “Estaba en un rincón, echado sobre un diván. Le habían cerrado la boca con cinta y estaba atado de pies y manos […] le habían disparado en la cara”, contaría Hendricks.

Herbert y Kenyon fueron encontrados muertos en el sótano. Foto: crimearchives.net

En otro lugar del sótano yacía Herbert. Fue el que más impresión causó al vecino: “Me fue difícil mirarlo. Habían disparado contra él apuntándole a la cara […] Tenía la garganta abierta de un tajo y los tobillos atados”.

Más sorprendente que todo era la casi total carencia de pruebas que indicaran que por la casa hubiera pasado una persona extraña. Una pisada sanguinolenta era la excepción. Recién días después se descubriría otra pisada y que faltaban una radio, unos prismáticos y 50 dólares, elementos baratos como para motivar tales crímenes.

Los inicios de la investigación y las pistas falsas

El terror invadió el tranquilo pueblo: muchos lo abandonaron, convencidos de que los asesinos estaban cerca.

Tras el asesinato de los Clutter, el terron invadió el pueblo de Holcomb. Foto: AP/Charlie Riedel

Mientras tanto, la investigación quedó a cargo de Alvin Dewey, un investigador que se la tomó como algo personal.

Junto con la conmoción, en Holcomb se desataron las especulaciones que apuntaban a personas del lugar. Un vecino, por ejemplo, culpaba a un padre y a su hijo, quienes en el pasado habían tenido un conflicto con Herbert.

Sin embargo, las hipótesis que sostenían que los homicidas estaban entre los lugareños se probaban falsas una tras otra. Y claro, porque los asesinos se encontraban lejos, cada vez más lejos a medida que pasaban los días.

Dos asesinos y un “golpe (casi) perfecto”: quiénes eran Smith y Hickock y cómo cometieron los asesinatos

Perry Smith nació en Nevada en 1928. Tuvo una infancia muy dura: sus padres se separaron cuando era chico y su mamá, alcohólica, murió ahogada en uno de sus vómitos. Por ello, había pasado varios años en un orfanato, donde una monja solía sumergirlo en una bañera como castigo por una debilidad que lo acompañó toda la vida: incontinencia de pis.

Ya adolescente, vivió junto a su papá, con quien tuvo una relación compleja, hasta que a sus 16 años se alistó en el Ejército y, luego, participó en la guerra de Corea.

Para fines de 1959, Perry tenía 31 años, era bajo pero robusto, y estaba lisiado debido a un accidente de moto.

Richard “Dick” Hickock, por su parte, llegó a la vida en 1931, en Kansas. Según declararía más tarde, su infancia había sido “normal”, aunque recordaba que no lo dejaban salir de la casa ni siquiera para jugar con sus compañeros.

En noviembre de 1959 tenía 28 años, oficiaba de mecánico, se había casado dos veces y tenía tres hijos. Vivía con sus padres en Olathe (Kansas City). Su físico era el de un atleta, con muchísimos tatuajes, pero su rostro estaba deformado a causa de un accidente de auto.

Además de todo lo anterior, la vida de estas dos personas había estado trazada por la delincuencia. De hecho, se conocieron en la Penitenciaría del Estado de Kansas. Smith había sido encarcelado en 1956 por hurto, fuga y robo de coche; Hickock llegó en 1958 por fraude y cheques sin fondos.

Perry salió en agosto de 1959. Dick en noviembre y le escribió una carta: “Me encontré con alguien que me dio una idea que podemos aprovechar. Un golpe perfecto”.

Smith aceptó lo que Hickock le proponía en el papel: robarles a los Clutter.

Hickock (izquierda) y Smith (derecha) se conocieron en la cárcel. Foto: crimearchives.net

Se encontraron en Olathe y recorrieron cerca de 600 kilómetros, en un Chevrolet 1949, hasta Holcomb. Llevaban una escopeta de dos caños, sogas y cinta.

Al arribar a River Valley, el 15 de noviembre, realizaron el cometido, con el agregado de matar a toda la familia sin dejar casi rastros. Desde entonces, iniciaron una fuga que tenía como destino la costa pacífica de México, donde Smith aseguraba que había lingotes de oro.

Mientras pagaban cosas con cheques falsos, atravesaron varias ciudades de EE.UU. y México hasta llegar a Acapulco. Como no encontraron el tesoro, emprendieron regreso a Kansas.

En Ciudad de México vendieron el auto. Desde allí fueron en colectivo hasta Barstow y después hicieron dedo hasta Iowa, donde robaron un Chevrolet 1956.

El Chevrolet 1949 de los asesinos. Foto: crimearchives.net

Por fin llegaron a Kansas City y, tras ello, viajaron a Miami Beach, ciudad en la que pasaron Navidad. Luego se dirigieron al oeste, sin destino específico.

El 30 de diciembre, Perry se presentó en un correo de Las Vegas a reclamar una caja que había remitido desde México. Fue su último movimiento en libertad.

Es que en paralelo, en la Penitenciaría de Kansas, el recluso Floyd Wells no aguantó más la carga mental. Lo desesperaba saber que había sido él, antiguo empleado de Herbert, quien había revelado a Dick, su excompañero de prisión, que en River Valley había una caja fuerte. Algo falso, pues el señor Clutter no manejaba efectivo.

Según contaría luego el propio Wells, tras transmitir el secreto a Hickock, este empezó a hablarle de su plan. Le decía que él y Perry robarían la caja y matarían a todos los testigos.

Enterado de que la idea se había concretado, Floyd contó todo al director de la cárcel.

A partir de allí, los asesinos tenían las horas contadas. Un agente viajó a Las Vegas y en un albergue halló la caja de Perry. Más tarde identificaron el auto en el que se movían los criminales, gracias a que estos le compraron un televisor a una persona que registró la patente.

Smith y Hickock fueron detenidos en Las Vegas, cuando salían de retirar el envío de Perry. Dentro de la caja, los investigadores hallaron un calzado cuya suela coincidía con las huellas encontradas en lo de los Clutter.

Los asesinos fueron interrogados por separado. Inicialmente, negaron su participación en los crímenes. La primera revelación llegó cuando a Dick le mostraron las fotos de las huellas y el calzado de él y de Smith, que las habían causado.

“Smith mató a los Clutter. Yo no pude impedirlo”, confesó Hickock, quien luego dio detalles del suceso y reconoció que asaltaron la mansión esperando hallar una caja fuerte con 10 mil dólares.

Más tarde, Perry dio una versión pormenorizada. Según dijo, al llegar a la casa, fueron al dormitorio de Herbert, y Dick lo amenazó para que le dijera dónde se hallaba el supuesto tesoro. El señor Clutter estaba tranquilo y negaba tener dinero escondido.

Tras ello, obligaron a Herbert a subir e indicarles dónde dormían sus familiares. Llegaron a la habitación de Bonnie, quien se levantó aterrorizada.

Los asesinos encerraron a los adultos en el baño de arriba, e hicieron lo mismo con los hijos. Fue entonces cuando se robaron la radio, los prismáticos y 50 dólares.

Finalmente, sacaron a Herbert, lo ataron y lo llevaron al sótano. Luego retiraron a Kenyon y también lo condujeron al sótano, pero a otro cuarto, donde lo ataron a un sillón. A las mujeres las inmovilizaron en sus respectivas piezas.

Tras amordazar a los hombres, asesinaron a todos. Smith sostuvo que le cortó el cuello a Herbert y que lo remató de un escopetazo, antes de disparar contra Kenyon. Según dijo, Dick mató a Nancy y a Bonnie.

La historia de Perry coincidía con la confesada por Dick, salvo por una cuestión: Hickock atribuía las 4 muertes a Smith, mientras que este sostenía que su compañero había matado a las mujeres.

Los asesinos fueron trasladados a la prisión de Finney. Al poco tiempo, Perry reconoció haber sido quien disparó a cada uno de los Clutter. Explicó que había mentido y que ahora decidía decir la verdad por lástima hacia la madre de Hickock. “La consolará saber que Dick no apretó el gatillo”, argumentó.

La intervención de Capote, el final de los asesinos y la publicación de A sangre fría

Truman Capote, de 35 años, era redactor de The New Yorker cuando se enteró de los asesinatos. Tras ello viajó a Holcomb, llevando a su amiga Nelle Harper Lee como ayudante. La idea inicial era escribir sobre el caso para la revista.

Habló con vecinos, pero sus principales fuentes fueron los asesinos, a quienes entrevistó varias veces. Un detalle llamativo es que no tomaba notas ni grababa las conversaciones.

Capote logró ganarse la confianza de los criminales. Los seducía con cigarrillos y dulces. Sus borradores, conservados por el Congreso estadounidense, sugieren que también les daba dinero: “Pago Perry Smith $100”, se lee en uno de ellos.

Con Smith en particular, personas que conocieron al periodista aseguran que la cosa fue más allá. Marie Dewey, esposa del agente Alvin, opinó que Truman se veía reflejado en Perry, ya que se había criado de manera similar. “Su infancia fue más o menos la misma. Sus padres se habían separado”, expresó a The New Yorker.

En tanto, Harold Nye, un colaborador de Alvin, se animó a decir lo que muchos piensan: que escritor y asesino fueron amantes. “No puedo probarlo, pero pasaban mucho tiempo en la celda, y ambos eran homosexuales”, declaró a la revista.

Capote tenía 35 años cuando sucedió sucedieron los asesinatos de los Clutter. Foto: Archivo (Corbis Bettman)

Sin embargo, la obra de Capote no hubiera tenido tal nivel de detalle si no fuera también porque el autor logró acceder a las actas del juicio del caso.

Antes de que la Justicia comenzara el proceso, los abogados de la defensa solicitaron un examen psiquiátrico de los acusados. El juez accedió y tres médicos dictaminaron que los criminales no padecían trastornos.

En marzo de 1960 empezó la audiencia, para la que se conformó un jurado popular. La declaración estrella fue la de Wells, quien confesó haber dicho a Dick que los Clutter tenían una caja fuerte.

Los acusados tenían derecho a declarar, pero no lo hicieron. La incógnita de quién fue el asesino quedó sin resolver. “No importa cuál de ellos apretó el gatillo: los dos son igualmente culpables”, dijo el fiscal.

Tampoco quedó claro por qué cometieron los asesinatos. Más allá del móvil económico, si el ejecutor fue Smith, pudo haber actuado por demostrar a Dick de lo que era capaz y por su desorden mental, asociado a experiencias vividas en su infancia. Al respecto, Perry declaró: “No me habían hecho ningún daño (los Clutter), como tantas personas en mi vida. Quizá tuvieron que pagar por todos”.

El jurado dio su veredicto: 4 cargos (entre ellos, por supuesto, el de asesinato) y la pena de muerte para cada acusado.

Tras el proceso, los criminales fueron trasladados a una prisión ubicada en Lansing, cuya cámara de ejecuciones era conocida como “El Rincón”.

La horca de El Rincón, en la que fueron ejecutados Smith y Hickock. Foto: crimearchives.net

El 13 de mayo debían ser ahorcados, pero la Corte de Kansas concedió un aplazamiento. Luego se fijó fecha para el 25 de octubre, pero volvió a suspenderse. Así transcurrieron otros 3 años, durante los cuales distintos abogados consiguieron aplazar tres fechas.

En marzo de 1965, finalmente, la Corte estableció que las vidas de Smith y Hickock terminarían el 14 de abril.

Ese día, 21 testigos, entre ellos Capote, presenciaron la ceremonia.

En una noche lluviosa, Dick, esposado, entró al Rincón. Al pie de la horca, el director de la cárcel le preguntó si quería decir unas palabras. “No les guardo rencor. Me envían a un mundo mejor”, exclamó el condenado. Segundos después, el escotillón cayó y su cuerpo quedó colgando hasta que un doctor lo declaró muerto, a las 12:41.

Smith fue ahorcado luego de Hickcok, y Capote no pudo presenciar la escena. Foto: AP/William Straeter

El procedimiento se repitió con Smith. Capote lo vio entrar y sintió que no podría soportar la ejecución, por lo que dejó la sala. “No sirve de nada que pida perdón. Pero lo hago”, dijo Perry, antes de quedar colgado y morir a la 1:19.

Con la ejecución de los asesinos, Truman cerró la etapa de investigación y, un año después, publicó A sangre fría, el libro que contó el caso y que llamó la atención por la incorporación de recursos narrativos de la literatura de ficción en la elaboración de textos informativos, técnica que dio nacimiento al “nuevo periodismo”.

Fuente: www.clarin.com

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