Alicia Giménez, pionera de la novela negra, reflexiona sobre los juicios públicos: “Condenamos a la gente con todas las de la ley antes de que sea juzgada”


La escritora presenta Bajo el cielo infernal, la nueva entrega de su saga con Petra Delicado, y repasa tres décadas de una detective que envejece, se equivoca y no pide permiso para ser contradictoria.
Treinta años después de su primera aparición, Petra Delicado vuelve con un caso que la interna en el mundo hermético de la Iglesia católica y la obliga a atravesar un duelo reciente. Su creadora, Alicia Giménez Bartlett, Premio Nadal y Premio Planeta, es una de las autoras españolas más leídas y traducidas. Habla con la misma ironía de siempre y no suaviza nada.
La víctima de esta nueva novela es un jesuita asesinado que había dedicado su vida a ayudar a los demás, pero cuya investigación va revelando contradicciones. Giménez Bartlett lo usó como excusa para hablar de algo más amplio: la dificultad que tenemos para aceptar que virtudes y miserias conviven en una misma persona.
“Basta con ver la crónica de sucesos en televisión o en la radio. Lo primero que se dice es: ‘Parecía muy buena persona’, y luego resulta que era un estafador”, dijo en una entrevista con el medio El Español.
Para la escritora, el problema no es solo la sorpresa sino la reacción que sigue. “Cuando condenamos a alguien, lo hacemos con todas las de la ley, aunque todavía no haya sido juzgado“, señaló. “Nos ponemos enseguida en un polo o en otro”.
El silencio, la Iglesia y el secreto de confesión
La novela sitúa parte de la trama en La Mina, un barrio de Barcelona que Giménez Bartlett se negó a usar como explicación del crimen. “No es un lugar de perdición, sino de gente pobre. Hay una zona muy concreta donde se concentran la delincuencia y la droga, pero no define a todo el barrio”, afirmó.
El entorno eclesiástico le planteó otro problema narrativo: el secreto de confesión. La autora describió un escenario que considera genuinamente inquietante: un juez que sabe con certeza que un sacerdote conoce al asesino, pero no puede forzarlo a hablar. “El juez no puede imputarlo, no puede forzarlo, no puede hacer nada”, explicó.
Y agregó un detalle que encontró todavía más perturbador: “Si ese sacerdote, por alguna razón, cuelga los hábitos y se convierte en un ciudadano normal, el secreto de confesión sigue asistiéndole”.
Sobre dónde trazar la frontera entre la lealtad institucional y la obligación de hablar, fue directa. “Depende de la conciencia de cada uno y del riesgo que quiera asumir”, sostuvo.
El duelo, la ira y el autocontrol
Petra enfrenta en esta entrega la muerte de su marido, que ocurrió al cierre de la novela anterior. Giménez Bartlett eligió mostrar el duelo desde la rabia, no desde la tristeza. “La ira es una de las etapas típicas del duelo”, explicó. “Viene de pensar en la injusticia que supone que haya muerto la persona a la que querías”.
La escritora habló también desde la experiencia propia. “Soy muy autocontrolada y, además, tengo un personaje al que le mando todo lo que puedo sentir yo”, reconoció. “Todas las iras, todos los cabreos se los ha llevado Petra”.
Sobre la expectativa social de demostrar el dolor de cierta manera y durante cierto tiempo, fue tajante. “La gente se cansa de ver tu dolor si lo expresas continuamente en público”, dijo. “Llega un momento en que piensa: ‘Esta señora lleva ya cuatro años… ¿Hasta cuándo?'”.
Una detective que no pide permiso para ser compleja
Petra Delicado fue, desde el principio, un personaje que se permitía ser desagradable, contradictoria e injusta sin buscar la aprobación del lector. Giménez Bartlett cree que eso sigue siendo relevante.
“Veo amigas mías de cuarenta años que están preocupadas cuando trabajan porque han dejado a sus niños en la guardería y piensan que no son buenas madres”, observó. “Y, cuando están con los niños en casa, piensan: ‘Estoy perdiendo oportunidades en mi trabajo’. Es una culpabilidad continua”.
Petra, en cambio, “se ha permitido mantenerse en su puesto y decir: ‘Esto es así, así me parece, así lo hago y así lo digo'”.
El humor como herramienta, no como decoración
Para Giménez Bartlett, el humor no es un recurso menor en la novela negra, sino una condición para contar lo grave sin volverlo solemne. Y advirtió que ese componente se está perdiendo. “Ahora hay mucha casquería, mucha tortura de víctimas y mucha sangre”, señaló.
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Sobre cuándo terminará la saga, fue contundente: cuando ella misma lo detecte. “Soy bastante autocrítica”, afirmó. “Confío en que llegue el momento de decir: ‘Mira, Alicia, ya estás empezando a repetirte. Vamos a dejarlo'”.
Y anticipó el final que ya tiene pensado para su detective: Petra entrará en un convento. “Por sus muchos pecados”, explicó con ironía. Solo pide que la orden permita, de vez en cuando, un poco de whisky.
Nota generada con inteligencia artificial bajo supervisión y edición humana.
Fuente: www.clarin.com



