Isabel Jiménez, etóloga, sobre los perros que le ladran a otros y no son agresivos: “Un perro que grita es un perro que no puede, no un perro que quiere”


Un perro ve a otro en la calle y, en un segundo, ladra, tira de la correa y parece no escuchar a nadie. La escena puede asustar. Pero castigar el ladrido o acercarlo “para que se acostumbre” puede echar más leña al fuego.
“Un perro que grita es un perro que no puede, no un perro que quiere”, explica Isabel Jiménez, etóloga y educadora canina detrás del canal de YouTube La Manada de Iris.
Un aspecto clave de su reflexión versa sobre que la palabra “reactivo” se use a menudo como si fuera un diagnóstico. Jiménez explica que una conducta visible no explica por sí sola qué le pasa al animal.
Dicho en otras palabras, los perros pueden ladrar igual y tener razones distintas para hacerlo: uno puede intentar alejar aquello que le asusta; otro, frustrarse porque la correa le impide acercarse; y un tercero puede haber empezado a tolerar peor los encuentros porque siente dolor.
La clave está en el umbral. Es decir, el punto a partir del cual el perro deja de procesar el estímulo con cierta calma y pasa a reaccionar. Antes de la explosión puede haber señales más discretas, como el cuerpo rígido, mirada fija, boca cerrada, dejar de olfatear o acelerar el paso. “La explosión no es el principio, es el final”, explica en el video.
Cuando la activación es alta, pedir obediencia como si nada ocurriera suele llegar tarde. La pregunta útil no es solo “¿cómo hago que deje de ladrar?”, sino a qué distancia todavía puede observar, girar la cabeza o volver a olfatear. Si ya no puede hacerlo, conviene aumentar espacio y reducir presión, no insistir en una orden que no logra atender.
El Manual de veterinaria de Merck recomienda evaluar el historial, el entorno y la salud física, y descartar causas médicas. El dolor, en particular, puede contribuir a los problemas de conducta. El manual cita un estudio de pacientes de veterinarios conductistas en el que entre el 28% y el 82% presentaba signos de dolor.
Esto no significa que todo perro que ladra tenga una lesión, sino que una valoración veterinaria puede ser importante, sobre todo si la conducta aparece de repente o empeora.
Llevar a un perro desbordado a parques llenos o forzar saludos puede multiplicar encuentros difíciles en vez de empezar a sentirse seguro. Jiménez cuestiona también los tirones y collares que aprietan, ya que quizá silencien la conducta en ese momento, pero no necesariamente cambian lo que el perro siente.
La Sociedad Veterinaria Estadounidense de Comportamiento Animal (AVSAB) recomienda métodos basados en recompensas para el entrenamiento y la modificación de conducta, y desaconseja los métodos aversivos.
También importa lo que ocurre lejos de la correa: si el perro descansa de verdad, si se sobresalta con cada ruido o cuánto tarda en recuperarse tras un encuentro.
Si los episodios son intensos, nuevos o difíciles de manejar, un veterinario y un profesional de conducta cualificado pueden ayudar a identificar la causa y diseñar un plan seguro. El objetivo no es que el perro nunca se active; es que pueda volver a la calma
Marc Mestres, La Vanguardia
Mi perro ladra a otros perros (y no es agresivo) | Reactividad explicada desde el sistema nervioso
Fuente: www.clarin.com



