Sigmund Freud, padre del psicoanálisis: “Calificamos de ilusión una creencia cuando aparece engendrada por el impulso a la satisfacción de un deseo”

En 1927, Sigmund Freud publicó El porvenir de una ilusión, uno de sus textos más provocadores fuera del consultorio. En ese ensayo, el fundador del psicoanálisis propuso una distinción que aún interpela: no toda creencia falsa es una ilusión. Una ilusión, para Freud, es algo más específico y más revelador sobre la psique humana.

La frase que da título a esta nota es la conclusión de ese razonamiento. Freud no estaba hablando simplemente de engaños o errores de percepción. Estaba describiendo un mecanismo mental por el cual el deseo de que algo sea cierto se convierte en el motor principal de la creencia, por encima de cualquier evidencia.

Qué distingue una ilusión de un error común

Para Freud, un error es simplemente una afirmación equivocada sobre la realidad. Ponía como ejemplo la creencia antigua de que la suciedad engendra parásitos: un error, pero no una ilusión, porque no nace de un deseo.

La ilusión, en cambio, tiene una firma afectiva. “Una de las características más genuinas de la ilusión es la de tener su punto de partida en deseos humanos de los cuales se deriva”, escribió en el ensayo, traducido al español por Luis López Ballesteros.

El ejemplo que eligió para ilustrarlo fue el de Cristóbal Colón: creer que había descubierto una nueva ruta hacia las Indias no era solo un error geográfico, sino una ilusión, porque la participación del deseo en ese error resulta fácilmente visible.

Sigmund Freud, padre del psicoanálisis: “Calificamos de ilusión una creencia cuando aparece engendrada por el impulso a la satisfacción de un deseo”

Freud aclaró además que una ilusión no tiene que ser necesariamente falsa. Una mujer de clase media que sueña con casarse con un príncipe alberga una ilusión, no un delirio, porque eso no tiene nada de imposible y se ha cumplido realmente alguna vez.

La diferencia crucial con el delirio

Freud distinguía la ilusión del delirio psiquiátrico con precisión clínica. El delirio aparece en abierta contradicción con la realidad y posee una estructura mucho más complicada. La ilusión, en cambio, simplemente prescinde de toda garantía real: no necesita contradecir la realidad, le basta con ignorarla.

Esa distinción no era menor. Le permitía a Freud señalar que ciertas creencias muy extendidas, respetadas socialmente e incluso consideradas sagradas, operaban bajo la misma lógica que la ilusión sin ser por eso delirantes.

El mecanismo era, a su juicio, el mismo que el del sueño: cuando un presagio de muerte asalta al durmiente, la elaboración onírica sabe elegir las circunstancias en las cuales también ese suceso tan temido se convierte en realización de un deseo.

El deseo como origen de las ideas religiosas

El blanco principal del ensayo era la religión. Freud argumentó que las representaciones religiosas “son ilusiones, realizaciones de los deseos más antiguos, intensos y apremiantes de la Humanidad”, y que el secreto de su fuerza está en la fuerza de esos deseos.

Su blanco era la religión: para Freud, sus doctrinas son realizaciones de los deseos más antiguos de la humanidad. Foto: AP.

Según su análisis, la sensación de indefensión experimentada en la infancia ante el padre se prolonga en la vida adulta como necesidad de protección ante un mundo amenazante. Esa continuidad psíquica llevaría al ser humano a construir la figura de un dios paternal, omnipotente y justo.

La providencia divina mitigaría el miedo a los peligros de la vida; un orden moral universal aseguraría la victoria final de la justicia; y una vida de ultratumba ampliaría infinitamente los límites en los que han de cumplirse los deseos.

Para Freud, que todo esto resultara tan perfectamente ajustado a lo que los seres humanos anhelan era precisamente la evidencia de su origen ilusorio: sería muy extraño que nuestros pobres antepasados, ignorantes y faltos de libertad espiritual, hubiesen descubierto la solución de todos estos enigmas del mundo.

Una crítica que no descarta el valor histórico

Freud fue cuidadoso en un punto que suele pasarse por alto. Reconoció que las doctrinas religiosas no encierran solo realizaciones de deseos, sino también importantes reminiscencias históricas. Esa combinación entre pasado y porvenir sería lo que presta a la religión una incomparable plenitud de poder.

Sin embargo, esa concesión no modificaba su diagnóstico central. Las doctrinas religiosas eran, a sus ojos, ilusiones indemostrables, y no consideraba lícito obligar a nadie a aceptarlas como ciertas.

Freud terminaba el ensayo con una apuesta: la ciencia, a diferencia de la religión, no es una ilusión.

Nota generada con inteligencia artificial bajo supervisión y edición humana.

Fuente: www.clarin.com

Artículos Relacionados

Volver al botón superior

Adbloquer detectado

Nuestro sitio se mantiene gracias a nuestros sponsors locales, por favor permite que se visualicen en el navegador ♥