La película de Jean-Jacques Annaud, basada en un libro que ha vendido 3 millones de copias y ha sido traducido a más de 50 idiomas, está disponible en Netflix

En 1939, el alpinista austriaco Heinrich Harrer partió hacia el Himalaya en busca de prestigio, pero la Segunda Guerra Mundial cambió sus planes y lo llevó al Tíbet, donde su amistad con el joven Dalai Lama transformó su relación con su familia, su ambición y su búsqueda de poder.

Heinrich Harrer (Brad Pitt) es un alpinista de renombre y muy competitivo, reacio a escuchar a nadie. Cuando se le presenta la oportunidad de escalar el Nanga Parbat, en la región de la India británica que ahora pertenece a Pakistán, abandona Austria y se embarca en la expedición liderada por Peter Aufschnaiter (David Thewlis). Su esposa, Ingrid Harrer (Ingeborga Dapkunaite), está embarazada, pero ni siquiera el inminente nacimiento de su hijo lo convence de quedarse.

Estrenada en 1997 y dirigida por Jean-Jacques Annaud, “Siete años en el Tíbet” comienza presentando a un protagonista difícil de admirar. Harrer desea enaltecer el nombre de su país, pero su mayor preocupación parece ser su propia reputación. Trata a sus compañeros con impaciencia, desobedece las instrucciones de Peter e insiste en continuar el ascenso incluso cuando el mal tiempo hace peligrosa la misión.

La montaña pronto frustra sus planes. El grupo se ve obligado a abandonar su intento de alcanzar la cima, y ​​el estallido de la Segunda Guerra Mundial crea un problema aún mayor. Por ser ciudadanos de un país enemigo, Harrer, Peter y los demás miembros de la expedición son arrestados por las autoridades británicas y enviados al campo de detención de Dehra Dun.

La película con Brad Pitt para el fin de semana. Foto: Armchair Expert

La guerra cierra las fronteras

Harrer se niega a permanecer prisionero e intenta escapar varias veces. Su habilidad para evadir se ve igualada por una impresionante capacidad para frustrar sus propios planes. Individualista, tarda en comprender que cruzar vallas puede ser más fácil que sobrevivir solo entre guardias, montañas y fronteras fuertemente vigiladas.

Tras varios intentos, Harrer logra escapar del campamento junto a Peter. Ambos atraviesan el Himalaya, enfrentándose al frío, el hambre y la desconfianza. Sin documentos válidos y con escasos recursos, buscan llegar al Tíbet, un territorio que restringe la entrada a extranjeros. La libertad obtenida fuera de prisión dista mucho de ser garantía de seguridad.

La relación entre los dos austriacos es fundamental en esta escena. Peter es paciente, cordial y dispuesto a pedir ayuda. Harrer prefiere actuar con arrogancia, incluso cuando depende de la buena voluntad de desconocidos para conseguir comida. David Thewlis interpreta a Peter con serenidad y ofrece un importante contrapunto a la teatralidad del protagonista, interpretado por Brad Pitt.

Los viajeros llegan a Lhasa disfrazados y debilitados. La ciudad sagrada permanece cerrada a los forasteros, pero ambos encuentran refugio en la casa del diplomático tibetano Kungo Tsarong (Mako). La hospitalidad les proporciona ropa, comida y cierto prestigio dentro de la comunidad. Por primera vez desde su huida, Harrer logra quedarse en un solo lugar sin tener que escapar de los soldados.

Una nueva vida en Lhasa

La adaptación a la vida urbana pone de manifiesto diferencias cada vez más significativas entre los amigos. Peter se acerca al sastre Pema Lhaki (Lhakpa Tsamchoe), se enamora y comienza a construir una vida romántica en el Tíbet. Harrer, en cambio, se mantiene al margen. Se dedica a explorar la región y busca preservar la independencia que siempre ha utilizado para evitar cualquier compromiso más profundo.

Sin embargo, la noticia que envía la familia destruye esa seguridad. Ingrid solicita el divorcio y Rolf, el hijo que Harrer nunca conoció, rechaza cualquier intento de reconciliación. El alpinista que recorrió montañas y escapó de prisión descubre que no puede entrar en la vida de su propio hijo. Este conflicto familiar le brinda a Brad Pitt sus escenas más emotivas, aunque el marcado acento del actor a veces compite por la atención con el sufrimiento del personaje.

El punto de inflexión decisivo se produce cuando Harrer conoce al 14.º Dalai Lama, interpretado por Jamyang Jamtsho Wangchuk. Aún un niño, el líder tibetano vive rodeado de ceremonias, autoridades y responsabilidades impropias de su edad. Curioso, desea aprender más sobre países lejanos, tecnología, deportes y costumbres occidentales. Harrer comienza a visitarlo en el Palacio de Potala y asume el papel de tutor.

El vínculo se fortalece a través de conversaciones y tareas compartidas. Harrer habla del mundo fuera del Tíbet, comparte sus conocimientos geográficos y ayuda a construir una sala de cine. El Dalai Lama, a su vez, le ofrece al austriaco una relación basada en la paciencia y el respeto. Esta amistad acerca a Harrer a la paternidad que rechazó en Austria, aunque ningún gesto en el palacio puede borrar los años de ausencia.

La construcción del cine también ofrece un momento encantador. EFE

La construcción del cine también ofrece un momento encantador. Cuando los trabajadores descubren pequeños animales en la obra, deben detener el trabajo para retirarlos cuidadosamente. Harrer, acostumbrado a tomarse los retrasos como ofensas personales, aprende que su prisa no vale más que la vida protegida por las costumbres budistas. El cronograma se resiente, pero su presencia en Lhasa adquiere un significado diferente.

La política invade la vida cotidiana

La tranquilidad de la ciudad comienza a desvanecerse cuando la China comunista manifiesta su intención de ocupar el Tíbet. El gobierno local cuenta con pocos soldados y armamento limitado. Ngawang Jigme (BD Wong), la autoridad tibetana encargada de las responsabilidades militares, participa en las decisiones tomadas ante el avance chino.

La guerra, antes lejana, ahora llega a las reuniones, los mapas y las conversaciones dentro del palacio. Harrer observa la creciente preocupación de los tibetanos e intenta proteger al Dalai Lama, pero su influencia tiene límites. Puede enseñar geografía al niño, construir un cine e informar sobre costumbres extranjeras. No puede decidir el futuro político de un país que lo acogió por tolerancia.

Jean-Jacques Annaud alterna la historia personal de Harrer con la amenaza que se cierne sobre el Tíbet. Los largos viajes por las montañas dan paso a pasillos, audiencias y preparativos militares. La espera ocupa un lugar importante, pues los habitantes saben que el peligro se acerca, aunque cuentan con pocos medios para detenerlo.

“Siete años en el Tíbet” retrata esta crisis desde una perspectiva europea. EFE

“Siete años en el Tíbet” retrata esta crisis desde una perspectiva europea, una decisión que acerca al protagonista al público occidental pero relega a los personajes tibetanos a un segundo plano. El Dalai Lama recibe atención y protagonismo, mientras que otras figuras locales parecen más cercanas a las necesidades de Harrer. Aun así, Jamyang Jamtsho Wangchuk transmite suficiente inteligencia y vitalidad como para que el joven líder no sea simplemente el maestro moral de un extranjero.

Brad Pitt se debate entre la vanidad y la culpa

Brad Pitt asume el reto de interpretar a un hombre cuya buena apariencia y habilidad no compensan su arrogancia. Su Harrer resulta irritante durante gran parte de la historia, lo que da pie a críticas. La transformación del personaje cobra valor precisamente porque se produce tras pérdidas concretas. Pierde la expedición, su libertad, su matrimonio y el reconocimiento de su hijo antes de aceptar que no controla a todos a su alrededor.

David Thewlis trabaja con menos ostentación y dota a Peter de una humanidad acogedora. Su personaje pide ayuda, crea vínculos y acepta las costumbres locales sin convertir cada experiencia en una prueba personal. Lhakpa Tsamchoe dota de firmeza a Pema, quien percibe claramente las diferencias entre los dos extranjeros y toma sus decisiones sin necesidad de su aprobación.

Basada en las memorias de Heinrich Harrer, «Siete años en el Tíbet» combina drama biográfico, aventura y guerra sin ocultar la dimensión íntima de su historia. La majestuosidad de los paisajes contrasta con un problema más bien doméstico. Un hombre viaja para conquistar una montaña, pero pasa años intentando recuperar el lugar que abandonó en la vida de su hijo.

Sin omitir los acontecimientos decisivos de la parte final, basta decir que la llegada de las tropas chinas obliga a Harrer y al Dalai Lama a reflexionar sobre el tiempo que les queda juntos. Uno de ellos tiene responsabilidades con el pueblo tibetano. El otro debe decidir si se distancia de su familia. Las puertas del palacio ofrecen protección durante un tiempo, pero ya no pueden impedir que la guerra llegue a Lhasa.

Fuente: www.clarin.com

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