Según psicólogos, quienes crecieron con Dragon Ball en los 80 y 90 desarrollaron una habilidad social única


Para muchos padres, “Dragon Ball” no era la caricatura ideal para sus hijos. No se enfocaba en enseñar colores o a compartir, como otras series infantiles. La creación de Akira Toriyama mostraba sangre, dolor, golpes y villanos que destruían planetas.
A pesar de esto, quienes crecieron viendo el anime en los años 80 y 90 lo defienden con fervor. Para ellos, no fue solo una serie de peleas, sino una puerta a historias de esfuerzo, amistad, pérdida, orgullo, sacrificio y segundas oportunidades.
Más allá de los rayos de energía y los músculos exagerados, la serie contenía una profundidad que muchos adultos no percibían. Desde una perspectiva psicológica, los niños espectadores habrían desarrollado una habilidad especial.
Esta habilidad consistiría en entender mejor las “zonas grises” de las personas y analizar los conflictos desde múltiples puntos de vista. No se trata de que Goku fuera un maestro de inteligencia emocional, sino de cómo las historias infantiles moldean nuestra percepción del mundo.
La explicación se vincula con el desarrollo moral en la infancia y adolescencia temprana. En estas etapas, los niños superan la visión simplista de “buenos contra malos” y empiezan a cuestionar las motivaciones y la capacidad de cambio de las personas. “Dragon Ball” abordaba esto.
Esto conecta con teorías como la de Lawrence Kohlberg, quien estudió el desarrollo del pensamiento moral. La infancia tardía y la adolescencia son cruciales para comprender reglas, consecuencias, intenciones y dilemas, elementos que “Dragon Ball” presentaba de forma accesible.
Vegeta es un claro ejemplo. Llegó como un príncipe cruel y arrogante, pero evolucionó a padre, aliado y rival de Goku, convirtiéndose en un personaje complejo. Su cambio no fue instantáneo, sino resultado de golpes, pérdidas y humillaciones.
Piccolo también rompió el molde. De ser una amenaza directa, se transformó en protector de Gohan, mostrando un cariño oculto. Su evolución no requirió discursos, sino acciones. Los niños vieron villanos volverse aliados y héroes tomar decisiones difíciles.
Fuente: www.clarin.com



