Causa Cuadernos: el arrepentido que hace temblar a Cristina Kirchner


Acababa de conocerse que los pasajeros de un vuelo en jet privado que arribó a Buenos Aires desde Caracas, en el que viajaban importantes funcionarios del entonces Gobierno K junto a colegas y otros ciudadanos venezolanos, habían tenido un problema en los controles de Aeroparque. Un misterioso empresario del país de Hugo Chávez, Guillermo Guido Antonini Wilson, había sido descubierto por agentes de la Policía Aeroportuaria intentando evadirlos con una valija que contenía 790 mil dólares no declarados. Después del jaleo y las presiones de la política local, Antonini fue liberado pero su carga, el “valijazo”, fue decomisada.
¿De quién y para quién era ese dinero? El principal funcionario involucrado en el caso viajaba junto al empresario. Era el titular del Organismo de Concesiones Viales (OCCOVI), Claudio Uberti, nexo informal pero constante entre los Kirchner y Chávez. El caso escalaba en los medios. Uberti fue convocado en secreto a la Quinta de Olivos. Néstor Kirchner quería conocer qué había pasado en ese altercado que disparó mil sospechas, incluso en los Estados Unidos.
El funcionario daba detalles cuando entró a la oficina Cristina Fernández. Esposa de Kirchner y vieja conocida de Uberti, fue ella la que “tranquilizó” al hombre y le dio a entender que nada grave iba a pasarle: habría explicado que estaba al tanto del flujo de fondos de origen desconocido que financiaban la política del chavismo y el kirchnerismo. Cristina estaba en plena campaña electoral.
Autoridades de Estados Unidos aseguraron que esos 790 mil dólares estaban destinados a alimentar con recursos ese proselitismo K. Los Kirchner lo negaron. A pesar de la sincera reunión que tuvieron con Uberti en la Quinta de Olivos, el titular del OCCOVI fue despedido de su cargo. Conocía parte de los secretos de los negociados supuestamente ilegales del matrimonio K, de su relación financiera con Caracas y hasta la trama secreta de la economía paralela e irregular de sus hoteles en el sur.
Eso se sabe porque Uberti, tras quedar “solo” y enojado con sus ex líderes y amigos de la política, se transformó en el arrepentido que más veces declaró en la instrucción del caso conocido como los “Cuadernos de las Coimas”. Es el expediente que investiga la recaudación alucinante de sobornos que durante años se recolectaron entre empresarios para ser llevados en bolsos y valijas que los Kirchner acumulaban en Olivos, en una propiedad o en un departamento suyo de La Recoleta, para después trasladarlos a lugares más seguros en Santa Cruz. Bóvedas.
La causa llegó a la instancia de juicio oral y público, el más grande proceso por corrupción de la historia nacional. Uberti era uno de los testimonios más esperados. Él mismo admitió que ampliaría mucho de lo que ya contó. Pero algo pasó en el medio. Fue condenado en el caso de Antonini Wilson, tras confesar sobre ese valijazo en Cuadernos, pero resultó alojado en la cárcel de Ezeiza mientras, en sintonía, tanto él como su esposa y un hijo fueron amenazados en episodios y mensajes por redes en los que se los instruía a que enviaran la señal correcta: “Claudio” debía callar. No volver a declarar nada más. Clarín adelantó esta información, la primera denuncia de ese estilo que afectaba la declaración de un imputado colaborador de la relevancia de Uberti.
El exfuncionario temió por su vida e hizo silencio. En prisión, aseguraron sus abogados, y así lo comprendieron en la Justicia, corría riesgos. Fue por eso que se autoconfinó en el hospital del Complejo Penitenciario Federal I, Ezeiza, para evitar tomar contacto con otros detenidos. Temía que lo mataran. Por decisión propia y apoyo de los penitenciarios, no salía de un pequeño cuarto. El escenario cambió. Uberti pidió cumplir su condena en prisión domiciliaria para garantizar su seguridad. Volvería a hablar y ampliaría sus revelaciones. Las primeras noticias de los tribunales fueron malas. Sus argumentos fueron rechazados por la jueza de ejecución penal, Sabrina Namer, con vínculos con la política K.
Pero el viernes 3, la Sala II de la Cámara de Casación Penal ordenó que Uberti saliera de la cárcel para cumplir la pena en una de sus propiedades debido a los peligros que efectivamente corría si continuaba detenido (no porque el Servicio Penitenciario Federal fuera cómplice de quienes se supone querían hacerle daño). El caso excedía lo ordinario. La tenacidad del abogado de Uberti, el doctor Guillermo Armani, logró que sea recién la Casación la que diera vuelta la decisión de la magistrada Namer y le permitiera a su cliente seguir preso pero en su casa, y con tobillera electrónica. Como Cristina Kirchner. El fiscal de ese tribunal, Mario Villar, había dictaminado en ese sentido.
Uberti vio afectada su salud física y mental desde que fue detenido y amenazado. Pero nada lo detendrá y ampliará sus declaraciones como “arrepentido”, supo Clarín de fuentes de su entorno. Se desconoce quiénes fueron los autores materiales e ideológicos de los intentos por silenciarlo. Es muy probable que después de la feria judicial, Uberti sea convocado a sentarse en la sala de tribunales a contar lo que ya contó, y aportar más precisiones que complicarán la situación procesal de la principal acusada en este caso, Cristina Kirchner. Uberti tiene bronca.
La estrategia de amedrentamiento y descalificaciones contra los “arrepentidos” que hicieron explícita defensores de imputados K, y también algunos de los propios procesados en este juicio, como el acusado de ser el gran recaudador de sobornos, Roberto Baratta, generaron el efecto contrario en el ex titular del OCCOVI. Para los abogados y algunos de los acusados K, los imputados colaboradores son “buchones”, “botones”: así lo dijeron en varias audiencias del juicio de Cuadernos.
Uberti se encabronó en la intimidad: “Yo no soy ningún buchón”. Hablará. Es el arrepentido al que más le teme Cristina Kirchner. Primero, por todo lo que ya aportó al expediente. Después, por todo lo que podría aportar con novedades de movimientos y pormenores que hasta ahora no le reveló a las autoridades. El nexo de fondos irregulares que se manejaron desde Caracas a Buenos Aires durante su gestión, como ya se dijo, podría ser una de las variables que develarían aún más de lo que ya se conoce sobre esa trama.
Uberti ya confesó en la instrucción de Cuadernos que recaudaba coimas para los Kirchner, que Cristina siempre supo y ahondó ese esquema de corrupción una vez muerto su esposo, y hasta reveló que fue él uno de los que le consiguieron a la expresidenta inquilinos vinculados a la obra pública que rentaron uno de sus hoteles, generándoles ganancias por montos siderales y superelevados teniendo en cuenta las cifras normales de ese mercado del turismo.
“El día que murió Kirchner en el departamento de Juncal y Uruguay había 60 millones de dólares”, fue una de sus frases más impactantes dichas ante el fallecido juez Claudio Bonadio y el fiscal Carlos Stornelli. Uberti también aportó documentación sobre las licitaciones de las obras viales bajo su mando por las que se pagaron sobornos. Solía cenar tanto con los Kirchner y su familia como con la familia De Vido. Sus conocimientos sobre el submundo de los K son enormes. No hay otro “arrepentido” de Cuadernos con estas características y “currículum” que haya informado que ampliaría sus aportes a la Justicia.
Mientras se suceden estas noticias de alto impacto judicial y potencialmente perjudiciales para ella, Cristina Kirchner trabaja desde su encierro domiciliario para intentar influir en la interna del peronismo. Son cada vez más los dirigentes que creen que podría salir en libertad mediante algún ardid judicial o político, desconocido en la jurisprudencia de todos los países del planeta organizados bajo sistemas democráticos. Ocurre que la ex presidenta está presa tras una condena firme dictada por la Corte Suprema. Ella o sus militantes más cercanos fingen y trabajan como si no existiese este obstáculo, solo eludible para conseguir una libertad mediante un indulto, que perdona la pena pero confirma el delito.
En el juicio de Cuadernos late el escándalo esperando la declaración del arrepentido Uberti. Nunca jamás lo nombró, ella. No lo defendió cuando fue preso. Nada. En situaciones así, eso equivale también a haberlo dicho, sin decirlo, todo.
Fuente: www.clarin.com



