Boris Cyrulnik, psiquiatra: “A los 60, el cuerpo, la memoria y las emociones guardan certezas; ya no podemos engañarnos”


Boris Cyrulnik -famoso neurólogo, psiquiatra y reconocido como el “padre de la resiliencia”-, a sus 88 años, pone en primer plano el valor de las experiencias cuando se llega a los 60 años.
Siguiendo su filosofía, como describe una nota de Men’s Health, el tiempo se vuelve materia concreta en el cuerpo cuando se alcanza esta década y la reconstrucción personal adquiere tiene nuevos matices y reglas.
“Las certezas que nos sostuvieron hasta ese momento empiezan a resquebrajarse”, advierte Cyrulnik. Como aclaraciones, la nota de Men’s Health indica que en esta etapa el desempeño profesional deja de ser algo central, el crecimiento económico y ya no es un objetivo en sí mismo y, entonces, aparece una mirada más selectiva sobre las prioridades.
En este sentido, de acuerdo a la postura de Cyrulnik, el tiempo se vuelve un aliado. También, un fiel espejo,
“Cuando llegamos a los 60 años ya no podemos engañarnos. El cuerpo, la memoria y las emociones hablan juntos sin vacilación”, afirma el experto. Esa coincidencia obliga a una forma de honestidad con uno mismo que antes podía posponerse.
Para esta edad, cuando los golpes y circunstancias de la vida obligan a una reconstrucción personal, Cyrulnik distingue: “Quienes aprendieron a convivir con sus heridas suelen avanzar con más solidez. Quienes las evitaron pueden sentirse desarmados cuando el ritmo de su vida se reduce”.
En la madurez, tomando la postura de varios autores, esa respuesta ya no se apoya en la urgencia ni en la apariencia. Si no, en valores más profundos, esenciales e inquebrantables.
En palabras de Cyrulnik, “Lo que nos mantiene vivos no es la ausencia de heridas, sino cómo has aprendido a vivir con ellas”.
En la misma línea, Marco Aurelio, quien fue emperador del imperio romano, escribió varios siglos antes: “La mente tomará la forma de aquello que contempla con frecuencia”.
Cyrulnik, relata una nota del sitio Psicoactiva, nació en Francia en los conflictivos años 30. Su familia era de origen judío y estuvo perseguida por el Estado.
Para resguardarlo, sus padres lo llevaron a una pensión. Luego fue traslado a la asistencia pública francesa y adoptado por una institutriz bordelesa, Marguerite Ferge, que lo escondió en su casa. En tanto, jamás volvió a saber de sus progenitores.
Con solo 5 o 6 años, trabajo en una granja con un nombre falso, Jean Laborde. Como es fácil imaginar, estas tempranas experiencias marcaron su vida.
Milagrosamente obtuvo el dinero necesario para poder matricularse en la Facultad de Medicina de París, donde se especializó en neurología, psiquiatría y psicoanálisis.
A lo largo de su trayectoria profesional, se dedicó al tratamiento de niños con traumas y otros problemas de conducta y exclusión social y a la investigación es la resiliencia. Además, es un hombre muy comprometido con la paz.
Fuente: www.clarin.com



