Argentinos viviendo en Dallas: desarraigo, nueva vida y el baño de argentinidad :: Olé


Vemos, escuchamos y leemos cientos de historias de argentinos que hacen lo imposible para viajar a un Mundial. Se renuevan en cada banderazo. Aunque claro, también están las otras historias. Esas de los que encuentran en el paso de Messi y compañía por Estados Unidos, la oportunidad de darse un baño de argentinidad. Son los miles que hace muchísimos años empezaron casi una nueva vida yéndose del país por distintas razones. Celestes y blanco hasta la médula, viviendo hace años en Dallas y que ahora sienten la Copa del Mundo desde otro lugar del corazón.

No se les nota el enojo por haberse tenido que ir o por las cuestiones que los llevaron a tomar la decisión, o quizás ya lo superaron. Inevitablemente nostálgicos al tener que hablar de qué están sintiendo y encantados de ver su ciudad, Dallas, vestida a full de celeste y blanco.

Ninguno trabaja de lo que trabajaba. Hay un ex bancario, sastre. Un odontólogo que ni le hablen de tratamientos de conducto si no de instalaciones eléctricas. Los emprendimientos de comida presentes y otros que aprendieron de logística… Ninguno se conocía de antes, sino que esa necesidad de juntarse con argentinos hizo que el destino que estas familias se conocieran, se hicieran amigos. Una suerte de refugio argento a más de 13.000 kilómetros del Obelisco.

Son Natalia, Bety, Katherine, Juan, Ruth, Nerina, Camila, Raúl, el Tano, Omar, Marcelo, Elías y Bruno. De Mendoza, de Tucumán, de Buenos Aires… Hay cena a la canasta -todos llevan- y se mezclan tradiciones. Empanadas caseras tucumanas conviven con ribs de cerdo bien locales. Hay una torta típica de Dallas al lado de alfajores de dulce de leche también caseros. Los motiva pensar en los banderazos y aún no despiertan del sueño y que la Arena le haya tocado dos partidos en la ciudad.

Las adaptaciones no fueron fáciles o no son fáciles, hay hijos hay escuelas hay amigos, hay universidades, hay ritos y costumbres que se pierden y otros que se mantienen ahí no necesidades. Hay hijos que vuelven por su propia aventura y hay otros que aún conociendo muy poco en Argentina, no se pueden sacar la camiseta de la piel.

Las “juntadas con amigos”, las montañas mendocinas, los asados, la familia más cerca, comer más tarde… Se suman las cosas que suelen extrañarse y hasta las historias de desarraigo tienen su paradoja. “Hace 20 años que nos vinimos, anduvimos por varios lugares hasta asentarnos en Dallas. Ahora mi hijo se volvió a la Argentina y es difícil. Vinimos para acá, hicimos una movida difícil y ahora él está allá jugando al fútbol. Pero bueno, creo que lo disfruta y encontró también su lugar en el mundo ahí”, cuenta Ruth y frena antes de emocionarse.

Marcelo explica que “somos de Tucumán. Un día decidimos vender todo y venirnos para acá. Conocemos gente con la misma historia y nos reunimos y todos. Uno tiene muchas críticas, se va por ahí enojado, pero con el tiempo vas descubriendo que en realidad problemas hay en todos lados y creo que el ir descubriendo día a día te hace valorar. Ir ahora a una cancha donde está la Argentina y te sentís de nuevo ahí… y decís uuuh ¡Qué fuerte!”. El tema de extrañar los afectos es inevitable. Omar ya lleva 26 años sin su Mendoza:”¡Cómo se extraña Mendoza. Las montañas, la familia, la juntada, la noche, la heladería Sopensa, eso es fundamental, acá no hay buen helado…”

Las vivencias son bien diferentes pero la identificación con Argentina se repite más allá del tiempo que llevan fuera del país. O Juan, por ejemplo, que ya tiene 41 años en tierra norteamericana, “Trabajaba en un banco y me vine. Tenía un tío sastre por acá y bueno… No sabía nada y tuve que aprender. Al principio fue bastante bravo”.

Para los más chicos es otro tipo de desafío. “Yo tenía 17 y costó. Porque no te das cuenta, una cosa es cuando lo decís, pero cuando lo haces es completamente distinto. Yo era el más decidido e incluso así me costó mucho. En la Universidad cuando entienden que sos de Argentina hay gente que me agarra y me dice saludan con un ‘Messi’, je”, dice Elías. Algunas rutinas no son fáciles para Camila, la más chica del grupo: “No me puedo acostumbrar a comer a las seis de la tarde. Por suerte en tres meses había conocido gente, amigos. Extraño las juntadas. En Argentina son más relajadas, acá, necesitas mucha organización para todo”.

La foto tenía que ser con la bandera. Los mismos chistes de siempre, que salgo bien, que mejor así, que mejor del otro lado. Tres perros gigantes invaden la escena y una noche argenta en Dallas se termina.

Fuente: www.ole.com.ar

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