Cumple 50 años el disco que demuestra que Johnny Rotten y Luca Prodan no eran solo punk y que volvió de culto a su autor en la Argentina: “un álbum esencial”

En la historia rápida del rock, a veces todo se ordena en casilleros cómodos. De un lado, el rock progresivo. Del otro, el punk. De un lado, los discos ambiciosos. Del otro, la urgencia. Mentira: alcanza con mirar y oír un poco mejor la biografía de Johnny Rotten y Luca Prodan para que esa frontera se rompa.

A fines de abril de 1976, Van der Graaf Generator publicó Still Life, uno de los discos más intensos de Peter Hammill y compañía. Cincuenta años después, el aniversario del álbum trae también otra historia: la de un músico admirado por John Lydon y escuchado por Luca Prodan, dos nombres que alcanzan para desarmar la idea de que todo terminaba en el punk.

Peter Hammill, una voz fuera de molde: entre el grito, el murmullo y una intensidad que cruzó escenas.

Geoff Barton, periodista de la revista inglesa Sounds, fue categórico: “Still Life es un álbum esencial. Si pensás que tenés problemas, escuchá los de Hammill”.

Cuando Johnny Rotten eligió a Peter Hammill: punk antes del punk

Los Sex Pistols podían usar su famosa remera de “I hate Pink Floyd”. Pero En julio de 1977, en su selección musical para Capital Radio, John Lydon incluyó dos canciones solistas de Peter Hammill: “The Institute of Mental Health, Burning” y “Nobody’s Business”. Más que una declaración al azar o una simpatía provocadora eligió pasar al líder de Van der Graaf Generator al aire como parte de su propia educación musical.

¿Un día más como invitado en la radio o una fecha que desacató los lugares comunes? O sea: el punk no apareció de la nada ni se alimentó solo de sonidos simples y frontales.

La anarquía británica también tomó audacias de artistas raros, tensos y teatrales. Hammill trajo eso: una intensidad física en la voz, una oscuridad urbana y una forma de llevar las canciones al límite que resultan mucho más cercanas a ese mundo de lo que el sticker de “progresivo” deja imaginar.

Luca Prodan, un disquero con oído propio

Antes de Sumo y antes de la Argentina, Luca Prodan ya tenía una educación musical hecha entre bateas. En Londres trabajó en Virgin Records, en Marble Arch, en plena explosión del punk.

Vendía discos, escuchaba novedades, veía pasar rarezas. Aprendió algo que después iba a estar en Sumo: que una canción podía venir del progresivo, del reggae, del punk. O de la luminosa oscuridad post punk, como canta Magazine en su clásico “The light pours out of me”: La fría luz del día / Brota de mí / Dejándome en la oscuridad / Y es tan saludable… La luz emana de mí”

Por eso en su ajedrez musical podían convivir Van der Graaf Generator, Genesis, Joy Division, Sex Pistols, The Clash y Bob Marley. Pero sin eclecticismo forzado ni pose: oficio de disquería, oído entrenado y curiosidad letal.

Por qué Still Life no suena como el progresivo clásico

El periodista argentino especializado Marcelo Gobello lo explicó con una imagen precisa: si el rock progresivo fuera una catedral, Pink Floyd estaría en las torres, Genesis en los jardines, King Crimson en las habitaciones y Van der Graaf Generator en las catacumbas.

Publicado en abril de 1976, Still Life mostró a Van der Graaf Generator en uno de sus momentos más brillantes.

Y eso también se siente en Still Life. Son cinco temas, 44 minutos y 57 segundos, con una formación clásica (voz, guitarra, teclados, bajo, batería, saxo) en estado de tensión permanente. Hay complejidad. Pero hay también nervio, suciedad y una sensación de peligro que lo separa del progresivo más ornamental.

Still Life, Johnny Rotten y Luca Prodan

A 50 años de su salida, Still Life no es domesticable. Lo grabaron en Rockfield, en enero de 1976, con Hammill, Hugh Banton, Guy Evans y David Jackson otra vez juntos después del regreso de Godbluff. No querían sonar amables: es Van der Graaf Generator trabajando con canciones largas, saxo, órgano, cambios bruscos y una voz imposible de domar.

Ninguna canción está de más. “Pilgrims” abre con una especie de marcha filmada en plano aberrante; “La Rossa” lleva el deseo a un lugar casi teatral; “My Room” baja la intensidad sin volverse blanda; y “Childlike Faith in Childhood’s End” cierra con una pregunta enorme puesta en formato canción. Puro Hammill: ideas grandes, cantadas como si fueran un problema físico.

Y entonces se entiende que haya llegado a oyentes como Johnny Rotten y Luca Prodan. Energía de rock que no es de museo. Still Life podría venir del progresivo, pero no suena limpio o cómodo. Tiene dramatismo y una forma de cantar más cerca del desborde que del virtuosismo aplicado.

En la Argentina, además, ese vínculo no quedó solo en una influencia lejana. Desde sus primeras visitas a Buenos Aires, Mar del Plata y Rosario en los años 90, Peter Hammill fue armando una fidelidad propia, fuera del circuito masivo pero también del secreto absoluto.

Y no por casualidad, entre las canciones más pedidas por ese público siempre aparecieron “La Rossa” y “Still Life”. Ese lugar ayuda a entender el disco: Still Life sigue desacomodando casilleros.

Fuente: www.clarin.com

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