Wagner Moura: “El cine sigue siendo una herramienta para pensar”


Perdió el Oscar, pero algo en el recorrido de Wagner Moura ya había cambiado antes de que se abriera el sobre. Después de ganar el Globo de Oro y atravesar una temporada donde El agente secreto se volvió una de las películas más discutidas del año, el actor brasileño quedó en ese lugar extraño y bienvenido donde el reconocimiento no depende de un premio. Ahora, mientras la película llega a Mubi y empieza una nueva vida lejos de la carrera de las alfombras rojas, Moura filma el remake de El sabor de la cereza con Lisandro Alonso. Entre la política, la memoria y la actuación, insiste en una idea: el cine no sirve para cerrar nada, sino para seguir preguntando. ¿Cómo procesá ese recorrido y qué lugar ocupa hoy El agente secreto en su carrera? Moura: Fue un proceso muy intenso, pero también muy revelador en términos personales. Ganar el Globo de Oro fue una experiencia casi física, muy emocional, difícil de explicar con palabras. Pero perder el Oscar me permitió entender con claridad que los premios no definen el valor de una obra. La película ya había hecho su camino, había encontrado una resonancia real en distintos lugares. Eso es mucho más importante que cualquier estatuilla. Me quedo con esa sensación de haber sido parte de algo significativo.

—La película trabaja sobre la memoria y las dictaduras en América Latina: ¿sentís que ese tema encontró una resonancia distinta en este contexto global?

—Sí, absolutamente, porque estamos viviendo un momento donde esas discusiones vuelven con mucha fuerza. En Brasil, y en toda América Latina, la memoria es un campo de disputa permanente. La película habla de cómo las personas pueden ser borradas, no solo físicamente sino también simbólicamente. Y eso sigue pasando hoy, de otras maneras. Me interesa mucho pensar que el cine puede recuperar esas historias, aunque sea de forma fragmentaria. No como una verdad definitiva, sino como un gesto de resistencia.

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—Tu personaje es alguien que resiste desde un lugar íntimo, no heroico en el sentido clásico: ¿cómo trabajaste esa contención?

—Fue un desafío muy grande porque implicaba ir en contra de ciertos impulsos más evidentes. Este personaje no puede expresarse libremente, está siempre midiendo cada gesto, cada palabra. Tiene que proteger a su hijo y al mismo tiempo mantenerse invisible. Entonces todo el trabajo fue hacia adentro, hacia lo mínimo. Me interesaba que incluso en ese silencio hubiera una intensidad latente. Que el espectador pudiera percibir lo que no se dice.

—A lo largo de tu carrera interpretaste figuras muy marcadas por lo político: ¿cómo evitás que eso se vuelva una repetición?

—Creo que la clave está en no pensar los personajes como representantes de ideas, sino como personas concretas. Incluso en contextos políticos muy fuertes, lo que me interesa es la dimensión humana. Qué le pasa a alguien cuando todo a su alrededor se vuelve hostil. Si uno se queda en la superficie ideológica, todo se vuelve previsible. En cambio, cuando aparecen las contradicciones, el personaje se vuelve más real. Y ahí es donde encuentro algo nuevo.

—La película también tiene momentos de extrañeza, incluso de humor o absurdo: ¿cómo dialoga eso con el tono político?

—Para mí eso es fundamental porque refleja cómo funciona la vida en contextos extremos. Incluso en situaciones muy duras, las personas siguen viviendo, riendo, encontrando momentos de escape. Esa mezcla es muy latinoamericana, pero también muy humana. No quería que la película fuera solemne todo el tiempo. Hay algo en ese contraste que la vuelve más verdadera. Y también más inquietante.

—Ahora estás filmando el remake de “El sabor de la cereza” con Lisandro Alonso: ¿qué implica entrar en ese universo?

—Implica, sobre todo, aceptar que uno no tiene el control total de lo que va a pasar. Lisandro trabaja de una manera muy particular, donde el tiempo y el espacio tienen otra lógica. No se trata de reproducir una película sino de generar una nueva experiencia a partir de ella. Eso me obliga a soltar ciertas seguridades. Y al mismo tiempo me entusiasma mucho porque siento que estoy aprendiendo otra forma de actuar.

—Venís de proyectos muy distintos entre sí: ¿sentís que estás en un momento de cambio en tu carrera?

—Sí, lo siento así, pero no como una ruptura sino como una expansión. Durante muchos años hice trabajos muy ligados a lo político, a lo histórico, y eso sigue estando. Pero ahora también me interesa explorar otras formas, otros lenguajes. No quiero quedarme en un solo registro. Me parece importante seguir moviéndome, incluso cuando eso implica incomodidad. Porque ahí aparece algo nuevo.

—Después de todo este recorrido, ¿qué lugar ocupa hoy el cine en tu manera de pensar el mundo?

—Para mí el cine sigue siendo una herramienta para pensar, no solo para contar historias. Me interesa cuando una película abre preguntas, cuando no ofrece respuestas cerradas. En ese sentido, El agente secreto es una película muy coherente con lo que creo. No intenta explicar todo, deja espacios, silencios. Y creo que ahí es donde el espectador puede entrar de verdad.

—En ese sentido, ¿te interesa más el impacto inmediato o el efecto a largo plazo de una película?

—Definitivamente el largo plazo, porque es donde las películas realmente viven. Los premios, las críticas, todo eso pasa muy rápido. Pero una película que sigue siendo vista, discutida, reinterpretada, tiene otra dimensión. Me gusta pensar que El agente secreto puede tener ese recorrido. Que alguien la vea dentro de unos años y encuentre algo distinto. Eso es lo más valioso.

—Volviendo al presente, entre premios, rodajes y nuevos proyectos, ¿cómo te posicionás frente a la exposición que implica todo eso?

—Intento tomar distancia y no perder el eje. La exposición puede ser engañosa si uno empieza a creer que eso define lo que hace. Para mí lo importante sigue siendo el trabajo, el proceso, la relación con los directores y con el equipo. Todo lo demás es circunstancial. Y trato de recordarlo todo el tiempo.

—Si tuvieras que resumir este momento en una idea, ¿cuál sería?

—Que todavía estoy buscando. Y que eso es lo mejor que me puede pasar. Porque cuando uno siente que ya encontró todo, probablemente dejó de escuchar. Y para mí actuar tiene que ver con eso: con seguir escuchando, con estar disponible. Mientras eso siga, todo lo demás puede cambiar.



Fuente: www.perfil.com

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